Pancarta de los aficionados del Liverpool en las gradas de Anfield. | Fuente: El País
Pancarta de los aficionados del Liverpool en las gradas de Anfield. | Fuente: El País
DIEGO TOMÉ CAMOIRA

Aún recuerdo como si fuese ayer la primera vez que visité un campo de fútbol junto a mis padres. Aquella sensación de oír al estadio rugir, oler la hierba por primera vez y todas las sensaciones que prácticamente cualquiera de los aficionados al balón ha experimentado en algún momento de su vida.

Podéis creerme cuando os digo que este artículo no es, ni pretende ser, una criminalización del fútbol moderno, el cual, tras la globalización, ha conseguido poner en el mapa localidades como Eibar o Villarreal no sólo dentro de nuestras fronteras, sino en prácticamente cualquier lugar del globo. Sin embargo, este hecho ha propiciado que el fútbol se universalice de tal manera, que pierda una de las características vitales desde sus comienzos, el arraigo a la comunidad.

Y es que, ese sentimiento de pertenencia se ha desdibujado con el tiempo. Los niños que dan las primeras patadas al balón en el parque de su ciudad, quieren ser el nuevo Messi, no el nuevo Valerón; celebran los goles como CR7, y no como Aspas. ¿El porqué de este panorama?

Creo que es una pregunta de fácil respuesta, o bajo mi punto de vista, así lo es. Como apunta Axel Torres en un artículo para la revista Panenka en su edición de febrero, el fútbol es-o era- un deporte al cual te acercabas como hincha de un determinado club, para luego, una vez generado ese sentimiento de pertenencia, apreciar el juego de la “pelotita” como una delicatesen.

Si tenías suerte y tu equipo era uno de aquellos que practicaba el fútbol caviar, aprenderías a apreciarlo antes, pero no te aficionabas al deporte por el planteamiento táctico o la disposición de tu equipo sobre el terreno de juego, sino por ser tu equipo, ese que te escogió desde el momento en el que pisaste por primera vez una grada.

El mantra de que el fútbol ha cambiado, puede considerarse hasta falso en cierta medida, puesto que siguen siendo 22 jugadores sobre un rectángulo intentando que el balón entre en la portería contraria. Lo que ha variado, y mucho, es la percepción del deporte rey en España en las últimas décadas, derivando en una cuestión de puro clientelismo.

El reparto por derechos televisivos y la conversión de los clubes en sociedades anónimas deportivas, fueron dos de los hechos desencadenantes de este cambio de percepción para con el aficionado. En esta vida, guste más o guste menos, quien paga manda.

El fútbol los domingos a las 5 de la tarde, los carruseles, el estar pendiente de lo que sucedía al mismo tiempo en cualquier otro campo, ha pasado a ser cosa de tiempos pasados o ligas inferiores. Y es que ¿Quién va a dejarse el sueldo de medio mes en un abono de primera pudiendo pagar 10 euros por ver todos los partidos desde el sofá?

Mientras el aficionado está en su casa y clama contra la última decisión tomada por el presidente de su club desde su cuenta de Twitter, no tengo que aguantar los abucheos en la grada, piensan los máximos mandatarios de los clubes.

Por ello, me compadezco más de aquellos aficionados de los denominados “clubes grandes” que tienen que soportar cómo sus estadios se llenan de turistas que pueblan las gradas, vaciando el escudo y los símbolos de identidad del equipo de cualquier tipo de sentimiento, que de quienes somos aficionados de conjuntos que militan en divisiones inferiores de nuestro fútbol.

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