DIEGO GÓMEZ GARCÍA

Fotografías: Sara Barreiro

José Luis Míguez, Luisito (Teo, 1966), como le conoce el mundo del fútbol, cita a Mundo Esférico en una cafetería situada en una zona residencial de la ciudad de Santiago de Compostela. Allí, confiesa, pasa muchas tardes después de trabajar y de ocuparse de su madre, una persona fundamental para él. Llega ligeramente antes de la hora marcada y avisa al encargado, un buen amigo suyo, de que ha quedado para una entrevista. La primera desde que en diciembre dejó de ser entrenador del Pontevedra. Fue destituido y no oculta que es un tema que le sigue doliendo. Por eso, asegura que no cree que sea conveniente hablar única y exclusivamente del equipo granate. Al menos, de momento.

Sabe que en esta ocasión el tema que ocupa no es tan concreto como su etapa a orillas del Lérez. Esta web quiere analizar su carrera con perspectiva. En definitiva, conocer su forma de vivir, ver y sentir el fútbol. Porque si hay alguien que sepa de fútbol modesto, sobre todo del de Galicia, ese es Luisito. Como futbolista, primero, y como jugador, después, él ha vivido lo mejor y lo peor de la parte de este deporte que no acapara grandes focos ni portadas de tirada nacional.

Luisito en un momento de la entrevista | Sara Barreiro
Luisito en un momento de la entrevista | Sara Barreiro

Pregunta: Colgó las botas y, a continuación -2005- se lanzó a entrenar al mismo equipo en el que finalizó su carrera: el Ciudad de Santiago, ¿por qué y cómo se fraguó una transición tan rápida? ¿Siempre pensó en dedicarse a entrenar una vez terminase su etapa como jugador?

Respuesta: Fue sencillo. Tenía 38 años y seguía jugando, pero tenía ambas rodillas bastante machacadas. En especial una, que me falló. Me rompí los ligamentos cruzados, así que tuve que retirarme. Una vez lo hice, el club pensó que yo debía tomar las riendas del equipo nada más acabar temporada. No era fácil, porque los futbolistas que iba a entrenar eran mis compañeros. Cuando tomé las riendas del grupo me traje a Pepe Rico -su actual segundo entrenador-, con el que había jugado mucho tiempo. Perdió dinero, pero la amistad que teníamos era muy, muy grande así que accedió a venir a ayudarme. El caso es que no fue sencillo tener que dirigir a los que habían sido mis compañeros, pero son circunstancias del fútbol.

¿Siempre había pensado en dedicarse a entrenar una vez se retirase?

Sí, sin duda alguna. Ahora soy un entrenador con alma de futbolista, pero antes era un futbolista con alma de entrenador. Era un tema que generaba muchísima inquietud, así que siempre me fijé en mis propios entrenadores para ir aprendiendo. Los tuve muy buenos y también muy malos. Jugué tantos años y conocí a tanta gente, de tantos vestuarios distintos, que tuve margen para muchas cosas. Siempre digo que es muy difícil que un futbolista me engañe. Cuando ellos van, yo ya vengo.

Durante su carrera como entrenador, seguro que usted se ha encontrado con jugadores a los que ya se les nota esa intención de dedicarse a entrenar.

Y tanto. El propio Rico es un buen ejemplo, aunque él no está del todo convencido. Ser entrenador implica un montón de cosas: saber de fútbol, sí, pero también manejar vestuarios e implantar dinámicas de grupo. Y esas son las cosas que Pepe no quiere, pero él es un tío con una percepción del fútbol y de los futbolistas fantástica. Él era prácticamente mi entrenador dentro del campo, pero no sé si acabará lanzándose a ser el entrenador principal de algún equipo.


Luisito (centro), con Pepe Rico (izq) y Roberto Vadés (der) en una entrevista tras el ascenso del Pontevedra en 2015 | haiqueroelo.es

Pepe Rico y Roberto Valdés han sido sus compañeros de vida en los últimos años. Rico es su segundo entrenador y Valdés su preparador físico. Los tres han formado un equipo magnífico sustentado por una amistad inquebrantable. Y sobre sus dos amigos, Luis solo tiene buenas palabras: “Pepe es como mi hermano. De hecho, lo quiero como tal. Roberto, además de mi mano derecha, es la persona que más me ha hecho reír en la vida”. Al hablar sobre el segundo, su tono serio pero amable se interrumpe. El entrenador se retuerce de la risa al hablar sobre su compañero Roberto y recordar todo lo que han compartido: “Nadie lo conoce como yo, parece que es un tío callado pero es que, de verdad, la gente no lo conoce, ¡le pone motes a todo el mundo!”. Los tres juntos han vivido lo indecible. Él mismo lo admite: “Con todo lo que hemos pasado juntos podríamos escribir un libro gigante. Pero esas cosas quedarán para nosotros”.


Actualmente, se encuentra sin equipo después de haber sido destituido por el Pontevedra. Cuando piensa en el futuro, ¿se ve de nuevo entrenando pronto?

No lo sé. Yo tengo un impedimento y todo el mundo sabe cual es [por su madre, de avanzada edad]. Para marcharme fuera de Galicia lo tengo muy difícil. La verdad es que tengo sobre la mesa una oferta de muchísimo dinero, pero no tengo mucho tiempo para decidirme. Además, tengo aquí mi trabajo [es funcionario en el ayuntamiento de Teo] y tendría que pedir una excedencia. Son muchas cosas a valorar, pero la verdad es que lo que más me tira hacia atrás es el tema de mi familia y de mi madre. La temporada pasada ya renuncié a muchísimo dinero. La idea que tenía era no haber renovado en Pontevedra, pero no le quise fallar a Lupe [Lupe Murillo, presidenta del Pontevedra] ni a la gente, así que seguí allí. No me arrepiento: yo soy feliz con poco dinero si estoy cerca de la gente que quiero. Esa es mi forma de ser y de interpretar la vida. Sé que, a lo mejor, pierdo oportunidades de llegar más alto en el fútbol, pero aun así no sé precisar cuánto tiempo tardaré en volver a entrenar. Puede que sea ya o dentro de un tiempo.

“Tengo sobre la mesa ofertas de muchísimo dinero”

Siempre ha dicho que el Compostela es uno de sus amores. Por tanto, su esperanza de poder llegar a entrenarlo no habrá cambiado.

El Compostela es mi equipo, lo entrene o no. Nunca ha tenido ningún problema en admitirlo. Estuve allí diez años [de los doce a los 22] y pasé muchas cosas. No sé si lo entrenaré o no, la verdad. Dependerá de las circunstancias del momento en que eso pueda darse.

¿Cree que haber entrenado al Ciudad de Santiago le puede restar opciones en este aspecto?

No debería ser así. Todo el mundo sabe lo que significa para mí el Compostela. Yo entrené al Ciudad porque era el antiguo Fátima. Estaba jugando allí y, cuando acabé, se me presentó la oportunidad de dirigirlo. Son circunstancias del fútbol, y al igual que muchos futbolistas han estado en los dos equipos, también puede haber entrenadores que los dirijan a ambos.

“Soy feliz con poco dinero si estoy cerca de la gente que quiero” | Sara Barreiro

Siempre dice que el Luisito jugador nada tiene que ver, a nivel moral, con el Luisito entrenador, ¿cuándo y por qué se produjo este cambio de mentalidad?

Lo tengo clarísimo. Sé cómo era yo en aquel fútbol y me sería complicado ser ese tipo de futbolista hoy en día. Antes, en este deporte valía casi todo. Ahora ya no. Mucha gente me encasilló cuando empecé y pensó que el Luisito entrenador iba a ser igual que el Luisito jugador. Pero para nada: rechazo totalmente ese tipo de futbolistas. Ahora tengo un hijo jugando en el Estradense y siempre le digo que no me gustaría nada que hiciese lo que yo hacía. Yo, con tal de marcar goles, era capaz de cualquier cosa. Era un perro en el campo. Hoy en día, no me vale cualquier cosa para ganar. Y aunque gesticulo mucho desde el área técnica, no soy como era cuando jugaba. De hecho, detesto que los futbolistas pierdan tiempo, por ejemplo. Quiero vencer venciendo. Sé que tengo mucho carácter y supongo que es normal que eso se asocie a mi comportamiento pasado. Pero no es lo correcto, he cambiado totalmente.

Usted siempre se ha caracterizado por tratar de dejar huella en los equipos en los que está. De hecho, como entrenador nunca ha pasado una sola temporada en ningún club.

Siempre me he considerado como un entrenador de club. Allá donde voy, no me comporto como alguien pasajero, así que si puedo ahorrarles cuatro euros se los ahorro. Y a veces, sé que me estoy equivocando. Sin embargo, hay entrenadores a los que eso les da exactamente igual. Estuve cuatro temporadas en el Ciudad; dos en el Racing de Ferrol; tres en el Ourense y porque desapareció, que tenía una más de contrato y más de tres también en el Pontevedra. No entra en mi cabeza la posibilidad de ir a un equipo, implantar un modelo, hacer que juegue bien y, una vez acabe la temporada decir “adiós, ya no me acuerdo de ti”. Eso no va conmigo.

¿Consideras que la estructura de la Segunda División B está mal planteada? ¿Debe España intentar parecerse a Inglaterra, por ejemplo, en ese sentido? ¿Hay demasiados equipos?

Yo llegué a jugar en la Segunda División B de dos grupos. Aunque mucha gente no lo sabe, estuve en el Lugo y en aquella época todavía no se había implantado el modelo actual. Y aunque comparto la opinión de que lo que hay ahora debe reestructurarse, no comparto los argumentos que expone mucha gente para quejarse. Por ejemplo, cuando el Pontevedra estaba en Tercera División, mucha gente se escandalizó de que compartiese categoría con el Bertamiráns. Pero, ¿y qué? El Bertamiráns estaba en esa división con todos los merecimientos. El hecho de que tenga un campo malo no le hace menos merecedor de sus logros. Por esa regla de tres, el Leganés o el Eibar no podrían estar en Primera ni el Rápido de Bouzas, por ejemplo, en Segunda B. Aun así, está claro que hay cosas que deben cambiar. En Tercera, por ejemplo, a principio de temporada está clarísimo quienes van a estar arriba y quienes no. Y no suele haber ningún tipo de sorpresa.

¿Y en la Copa? Aquí, a lo máximo que pueden aspirar los equipos de la categoría de bronce es a enfrentarse contra un equipo de Primera. En otros países no es extraño ver a equipos de categorías menores en rondas avanzadas.

El sistema de la Copa del Rey actual es una aberración. Los equipos más modestos están condenados, porque muchas veces hipotecan la temporada cuando ven que pueden llegar a rondas más o menos avanzadas para, al final, quedar eliminados sin remedio al ser las eliminatorias a doble partido. A los equipos grandes no les interesa porque muchos se quedarían fuera muy pronto, pero esa competición tiene que ser a partido único.

“En el Ourense, chicos como Borja Valle no tenían ni para comer”

Luisito durante la celebración del ascenso del Pontevedra a Segunda B en 2015 | haiqueroelo.es

Suele hablarse de las dificultades y de la inestabilidad que viven los futbolistas de las categorías semiprofesionales. Sin embargo, apenas se habla de la situación de los entrenadores. Ustedes también deben tenerlo difícil para encontrar esa citada estabilidad.

El mundo de los entrenadores y de los futbolistas es muy parecido. La única diferencia es que el futbolista está arropado por el resto del vestuario, mientras que el entrenador está solo o, como mucho, con dos o tres más a su lado. Sé lo que piensan los futbolistas cuando van a algún equipo y no juegan, porque yo tengo alma de futbolista todavía. Y por eso, es normal que les de igual ir de un lado para otro y no asentarse en ninguna parte, yo mismo lo hice también. De hecho, a no ser que te llames Raúl, Iniesta, Messi o Casillas, por ejemplo, es difícil estar tan cómodo en un equipo que quieras quedarte ahí durante muchos años. Los jugadores saben que tienen pocos años de carrera y tienen que exprimirlos al máximo para ganar todo el dinero que puedan.

¿Podría tener que ver con que, ahora, muchos clubes no pasan por una buena situación económica?

Sinceramente, creo que no. Antes, cuando yo jugaba, la situación era si cabe más precaria que ahora. Muchas veces se les decía a los jugadores que había un presupuesto de una determinada cantidad y luego resultaba que era muchísimo menor y que no pagaban. Yo mismo viví eso, como entrenador y como jugador.

“Soy un entrenador con alma de futbolista”

Usted vivió de cerca, precisamente, una de las consecuencias más penosas de estos problemas económicos que impiden, en muchos casos, la citada estabilidad: la desaparición de un club. Fue el último entrenador el Club Deportivo Ourense, ¿qué le viene a la mente al hablar de aquel fatídico desenlace?

Tengo los recuerdos muy vivos. La ciudad de Ourense me impactó muchísimo. Cada quince días salía del túnel al banquillo y recibía una ovación tremenda. Era maravilloso sentir cómo me quería la gente. Pero si tengo que volver a pasar por lo que pasé allí al final… no entreno más. Fue un calvario, porque además coincidió con la enfermedad de mi madre. Ella estaba en cama y no se podía mover y yo me marchaba llorando en cada viaje a Ourense. Los jugadores no cobraban y muchos no tenían ni para comer y, aun así, nunca dejaron de entrenar. Cuando veo a futbolistas de aquel grupo no me queda más remedio que darles las gracias. Con muchos he perdido el contacto, pero tuvieron un comportamiento ejemplar. Y no hablo solo de los gallegos: Borja Valle, por ejemplo, ahora está en el Deportivo pero en aquel momento literalmente no tenía ni para comer. Moisés ahora está en el Cartagena y en aquel momento también lo pasó realmente mal. Se vino porque yo le convencí y al final acabó pasando eso. Yo me sentí realmente mal, porque en cierto modo los había metido, a él y a muchos otros, en un lío muy grande. Lo pasé profundamente mal. Perdí dinero y años de vida. La única satisfacción que me queda es que hicimos una temporada espléndida. Pudimos haber jugado el playoff, pero como no teníamos dinero tuvimos que centrarnos en ganar la Copa Federación para poder cobrar algo. Hipotecamos la Liga por la Copa, y al final eso fue lo que cobramos.

A muchos jugadores, de hecho, se los llevó más tarde al Pontevedra.

¡Sí! En aquel equipo estaban Capi, Campillo, Álex Fernández e Íker Alegre, que luego fueron viniendo al Pontevedra. Antes, en Tercera, también tuve a Mouriño, por ejemplo. A Capi, además, lo entrené también en Santiago.

“A nos ser que te llames Raúl  o Iniesta, es muy difícil asentarte durante años en un club”

Luisito en la grada de Pasarón durante su último partido como entrenador del Pontevedra | haiqueroelo.es

¿En qué se diferencia el trabajo de un entrenador de una categoría semiprofesional del de uno de Segunda o Primera División? A simple vista, da la impresión de ser una labor mucho más todoterreno. Usted mismo se ha encargado de tomar parte en la planificación de las plantillas a la hora de contactar a los futbolistas por ejemplo.

Se basa en que, en los equipos de Primera División, salvo algunas excepciones honrosas, los entrenadores no tienen poder. Deben tener personalidad para no acabar sentenciados. Los clubes suelen tener una estructura marcada, sobre todo en las categorías profesionales. Tienen un director deportivo, un director general, un secretario técnico etc. Entre todos, firman a los futbolistas y se los ponen al entrenador sin tener en cuenta su opinión. Y si luego él no es capaz de sacarles rendimiento se va a su casa. Debe haber un consenso entre todos. Y para los equipos pequeños, el modelo a seguir ahora mismo es el del Eibar y el Leganés. Allí, los entrenadores son piezas fundamentales en la planificación: traen a los futbolistas que ellos quieren para que se amolden a su filosofía de juego. Si Mendilíbar va al Athletic de Bilbao, a la Real Sociedad o al Sevilla, por ejemplo, se tendría que amoldar él a lo que le dan. Y eso… es mucho más complicado. Otra cosa en la que yo tengo una filosofía muy clara es en que hay que entrenar cuando se juega: aunque parezca más profesional hacerlo por la mañana, si se juega por la tarde hay que trabajar por la tarde entre semana. De la misma forma, si el 80 o 90% de los partidos fuesen por la mañana, habría que entrenar por la mañana. Yo, si algún día llego a un equipo de Segunda o de Primera, los entrenamientos serán por la tarde.


Luisito tiene las cosas claras. Es evidente. Habla de sus ideas y de sus principios con convicción. Lleva años en el fútbol y se ha encontrado de todo. Por eso, asegura que “a un futbolista no le hace profesional una P en la ficha, sino su forma de vivir el fútbol. Su entrenamiento invisible”. Para él, la disciplina y la entrega son palabras que deben estar presentes en el ideario de cada jugador para poder jugar durante años y superar la treintena a buen nivel: “Si un futbolista sobrepasa los 32 o 33 años y sigue jugando bien, a su nivel habitual, es porque se ha cuidado. Si chaval bebe, fuma, sale demasiado y se alimenta mal, lo acabará notando. Puede que no con 25 o 26 años, pero sí a partir de los 28 o 29”. “Los preparadores físicos han sido una bendición para fútbol y para el cuidado de los jugadores”, señala Luis, quien se declara como “un obseso de la preparación física”. “Yo mismo tengo el mismo peso ahora que cuando tenía 25 años. Y es porque me cuido y me alimento bien. La gente que me dice que no engordo porque así es mi constitución se equivoca. Si yo comiese como una persona normal, engordaría”, añade.

Al técnico de Teo se le enciende la mirada al hablar de profesionalidad y de compromiso. Asegura que no soporta “que un futbolista esté pasado de peso. Es una traición a su profesión”. Y además, no duda en hablar abiertamente de futbolistas como David Añón o Jacobo Millán, a los que le inculcó esta filosofía en el Pontevedra. “Siempre pongo el mismo ejemplo de buen trabajo: Capi. No tengo ninguna relación con él fuera del fútbol. Pero es un profesional de libro. En todos los sentidos. Lo tuve en Santiago y muchos años después en Pontevedra. Y siempre tuvo el mismo peso”. También admite que hay casos en los que la calidad futbolística se impone ante un mejorable estado físico: “Conmigo, Maradona y Ronaldo Nazario jugarían aun estando gordos. Porque a veces un jugador es tan bueno que no te queda más remedio que ponerlo. De entre los que yo tuve, destaca en este aspecto Kevin Presa [mediocentro del Pontevedra]. Es un jugador al que le cuesta el tema físico, pero es tan descomunal que, aunque tenga un par de kilos de más, tiene que jugar porque es mejor que los otros. Es de otra categoría”.


Luisito da indicaciones en Pasarón a Adrián Mouriño, al que dirigió en el Ourense y en el Pontevedra | haiqueroelo.es

En Segunda B no es raro ver plantillas que, sin grandes nombres, acaban realizando fantásticas temporadas. Otras, sin embargo, cuentan con una inversión casi desmesurada que al final no da resultado. En estas categorías, ¿es más importante la gestión del vestuario y la química entre los futbolistas que la calidad de los mismos?

El Rápido de Bouzas de esta temporada, por ejemplo, es un caso que demuestra que, muchas veces, el fútbol se compone de circunstancias, dinámicas y estados de ánimo. A lo mejor, la temporada que viene con el mismo entrenador y los mismos futbolistas desciende de cabeza. Eso nunca se sabe. A nosotros [por el Pontevedra] la temporada pasada nos pasó algo parecido. Jugamos el playoff, pero todo el mundo vio la realidad del fútbol en Segunda B. Dos futbolistas del Murcia [su rival en el playoff] cobraban tanto como toda nuestra plantilla. Uno de ellos (Sergi Guardiola) ahora lleva más de quince goles en Segunda División. A no ser que quedes campeón, llegar a ascender es tremendamente difícil. El Pontevedra la temporada pasada no fue capaz de aguantar el ritmo de la Cultural, del Racing de Santander y del Celta B en la segunda vuelta. El filial celeste, por ejemplo, tenía una gran cantidad de jugadores como Borja Iglesias, Hicham, Borja Fernández o Gus Ledes que ahora están en compitiendo en Segunda. Y en el playoff, como no quedó primero, fue eliminado en la primera ronda como nosotros. Ese es el mérito que creo que no se le dio al Pontevedra.

En ese sentido, Roberto Valdés y Pepe Rico -sus asistentes técnicos en las últimas temporadas- han tenido mucho que ver en su forma de trabajar y ver el fútbol, ¿tienen pensado seguir trabajando juntos en el futuro?

Sin duda, Roberto Valdés ha sido siempre mi preparador físico. Desde que empecé a entrenar. Si mañana firmo en cualquier equipo, sé que vendrá conmigo. Pepe lo tiene más complicado. Tiene problemas familiares y una empresa que él mismo gestiona. Por eso, creo que podría tener más dificultades. Pero aun así, él sabe que siempre va a tener la puerta abierta para mí.


Por último, José Luis Míguez hace una reflexión más. Esta vez sobre sí mismo y su futuro: “Tengo un problema y es que soy muy perfeccionista. Sufro a nivel mental y a nivel físico. Ojalá pudiese desconectar, pero no puedo. Quiero ser honesto con todos los futbolistas y no fallarle a nadie en el club. Y eso me produce un desgaste tremendo. Necesito valorar mucho si me vale la pena seguir entrenando. Fuera y dentro de Galicia cuento con ofertas de muchísimo dinero, pero no se si me compensa. Hay prioridades en la vida. A veces pienso que estoy muy bien sin entrenar y otras que necesito volver a los banquillos. Si entreno, no será por dinero. Será para luchar por algo: esa es mi forma de entender este deporte”. Luisito, antes de que la grabación se corte, piensa en alto: “Ahora mismo tengo la cabeza hecha un lío”.