CARLOS RODRÍGUEZ LÓPEZ

@carlosrlop

Un jovencísimo Rafa Nadal en un salón de juegos | Fuente: tenisweb
Un jovencísimo Rafa Nadal en un salón de juegos | Fuente: tenisweb

Un hombre ayuda a limpiar el barro en un taller de Sant Llorenç tras las inundaciones de esta semana. Otro hombre hace exactamente lo mismo. Ambos tienen dos piernas y dos brazos. Pongamos que el primero se llama Juan y es taxista. Pongamos que el segundo se llama Rafa y es deportista de élite. ¿Dónde está la diferencia?

En nuestra cabeza. La diferencia está única y exclusivamente en nuestra cabeza, esa que nos lleva a clasificar a la gente según su status y a asociar a cada uno de estos escalafones una serie de comportamientos que constituyen un patrón del que nadie debe salirse.  Por eso hay quien se extraña de que alguien a quien considera de una clase superior a la de la mayoría de los mortales, haga lo que haría cualquier hijo de vecino en su caso. Y eso es exactamente lo que ha pasado con Rafa Nadal. Abundan estos días titulares como “Rafa Nadal, como un vecino más”, como si acaso no lo fuera. Hay quien dice incluso que habría que darle una medalla, ¡una medalla por ayudar después de una catástrofe!, como si el hecho de ser un deportista extraordinario te impidiera hacer algo tan normal como ponerte a retirar el barro tras una riada.

A menudo nos quejamos de que los deportistas de élite viven en una burbuja, sin darnos cuenta que nosotros mismos la fortalecemos con razonamientos como esos. Si el bueno de Rafa ha sido capaz de mantenerse al margen de la burbuja, no lo empujemos nosotros a ella sorprendiéndonos y alabando actos de este tipo. ¿Acaso se le va a dar una medalla a todos y cada uno de los hombres y mujeres que colaboraron en Sant Llorenç? Pues entonces no hagamos distinciones. Nos hemos convertido en humanos a los que paradójicamente nos impresiona ver determinados gestos de humanidad…

Los hay también –notable minoría- que defienden la teoría de que Rafa fue allí por eso del postureo, basándose quizá en la idea de Warhol de que “no hay nada más burgués que no querer parecer burgués”. Sinceramente, defender esta teoría en el caso de Nadal me parece absurdo. A lo largo de estos años ha ganado crédito más que suficiente para que ni nos planteemos este tipo de posibilidad. Ojalá algún día nos demos cuenta de que por muy extraordinario que sea alguien en su trabajo, sigue siendo una persona normal. Por suerte Rafa nunca dejó de saberlo.