Robert Enke con la camiseta del Hannover 96 | Fuente: The Hindu
Robert Enke con la camiseta del Hannover 96 | Fuente: The Hindu
ALEJANDRO VÁZQUEZ CORRAL

@Kovaz5

Ha pasado una década desde una de las tragedias más importantes del mundo futbolístico alemán. Robert Enke puso punto y final a su vida el 10 de noviembre de 2009. Escribió las letras mayúsculas de una palabra que azota silenciosamente al mundo del balón. El ‘perro negro’ de la depresión camina solo y sin correa.

La carrera futbolística de Enke, al igual que su vida, pasó por diferentes etapas. Sin embargo, sus mejores momentos dentro del campo no siempre coincidieron con los mejores fuera de él. La excepcional biografía sobre el guardameta que construyó Ronald Reng, periodista deportivo alemán, recopilando información antes y después del fatídico día, expone algo más que una historia funesta. Una vida demasiado corta: La tragedia del exportero de la Selección Alemana Robert Enke no debería haber sido el título del libro que vio finalmente la luz.

Enke fue muchas cosas a lo largo de su vida. Fue ‘Robbi’ en casa, para su familia y allegados; fue ‘Uenk’ —así pronunciaban el apellido del germano en Portugal— para los miles de aficionados lusos que cautivó tras su paso por el Benfica y Lisboa; pero sobre todo fue un futbolista de excepcionales aptitudes a quien una enfermedad dejó sin alas para triunfar. El ‘perro negro’ acabó por apresar a Robert Enke.

Yo tenía un perro negro

Matthew Johnstone es un autor e ilustrador australiano creador de una serie de libros sobre El perro negro. Hanno Balitsch, compañero de Enke en su etapa en el Hannover 96, fue una de las pocas personas que supo de la condición de Robert. Para poder ayudar a su amigo, Balitsch quiso comprender lo que era la depresión a través de uno de los libros de Johnstone. En sus páginas, un chico aparentemente feliz es atormentado por la presencia de un perro negro. Cuando el animal hace aparición, el muchacho es incapaz de disfrutar, pierde su felicidad y las ganas de continuar con el día a día. El perro negro le asusta, pero es incapaz de contárselo a nadie porque le avergüenza.

Robert Enke, en las filas del Hannover 96 junto a su amigo Hanno Balitsch | Fuente: Augsburger Allgemeine
Robert Enke, en las filas del Hannover 96 junto a su amigo Hanno Balitsch | Fuente: Augsburger Allgemeine

A Robert Enke la depresión lo atemorizó especialmente en dos ocasiones, aunque su sombra estuvo presente durante más tiempo. El guardameta, nacido en la ciudad de Jena en 1977, realizó su debut como profesional en el año 95, en las filas del gran equipo de su ciudad, el FC Carl Zeiss Jena, que por aquel entonces militaba en la segunda división germana. A pesar de dar muestras de su calidad en los tres partidos que disputó esa campaña, su inexperiencia —tenía 18 años y aún estaba en el instituto—, la presión y el miedo a equivocarse fueron una constante en su mente. Uno de los grandes problemas de Enke, según relata Ronald Reng en su biografía, era su propia autoexigencia. “Robert no se perdonaba ningún error”, cuenta.

El Borussia Mönchengladbach reclutaría al joven talento alemán la temporada siguiente. En el inicio de su andadura en la Bundesliga, la presión comenzó a hacer mella en Enke. Con cada error, aunque ínfimo en el cómputo global del partido, Robert veía un motivo para no levantarse de la cama. Donde el público y los entrenadores veían una buena actuación de un joven portero, Enke se martirizaba con cada pequeño fallo individual. El hecho de no querer abandonar la cama, “el refugio de Robbi” según Reng, lo acompañó muchas veces a lo largo de su carrera.

Luego de tres años de progresión hasta colocarse como indiscutible bajo los palos del Mönchengladbach y como uno de los guardametas con más futuro de Alemania, Robert Enke viajaría hasta Lisboa. El miedo, el de verdad, haría su primera aparición. El temor a fracasar, a abandonar su zona de confort, el refugio de su patria, casi frustraría su llegada al Benfica. Con la ayuda de su familia y el apoyo de sus amigos más cercanos, Enke descubriría poco después que había llegado a la ‘Ciudad de la Luz’.

Enke fue feliz. Desde el año 1999 hasta el 2002, el alemán disfrutaría de una de las mejores etapas de su vida junto a Teresa, su novia de la adolescencia y futura esposa. Sin embargo, tras este periodo de bonanza, Robert no podría dejar escapar la gran oportunidad para llevar su carrera a lo más alto. El Barcelona de Louis Van Gaal apostaría por él por recomendación de un joven José Mourinho, que había entrenado a Enke en el Benfica tras abandonar su puesto de segundo técnico en la ciudad condal. Aquí el verdadero calvario daría comienzo.

Enke, durante un partido contra el Celta de Vigo en las filas del Benfica | Fuente: Getty Images - Alexander Hassenstein
Enke, durante un partido contra el Celta de Vigo en las filas del Benfica | Fuente: Getty Images – Alexander Hassenstein

El foso de la depresión

Según explica el National Institute of Mental Health (NIMH), “la tristeza es solo una pequeña parte de la depresión”. La depresión es una enfermedad y Robert Enke cayó enfermo por primera vez en 2003. Las causas fueron diversas. En primer lugar, no contaba con la confianza de Van Gaal en el Barcelona. La competencia en el arco, que había ocupado Roberto Bonano la temporada anterior, se multiplicó. Víctor Valdés, por aquel entonces un canterano de 20 años, sería el portero titular por delante de un Enke frustrado y un Bonano fuera de forma. En segundo lugar, la presión se había multiplicado. Ya no formaba parte de una liga medianamente desconocida como la portuguesa. Ya no solo le observaba con lupa la prensa, sino también el cuerpo técnico. Cualquier error, si antes era un puñetazo, ahora era un disparo para Enke.

Robert Enke, en el año 2002, como portero titular del Barcelona en Champions | Fuente: Getty Images - Dave Rogers
Robert Enke, en el año 2002, como portero titular del Barcelona en Champions | Fuente: Getty Images – Dave Rogers

Pero, sin duda, el principal desencadenante de la primer gran caída del alemán fue el partido de Copa del Rey que el Barça disputó contra el Novelda, un equipo de baja tabla en 2ª B, el 11 de septiembre de 2002. Enke jugaría su primer partido con la sensación de estar bajo todos los focos. El encuentro, presumiblemente asequible para los catalanes, terminó con la derrota del Barça por 3 a 2. Tres errores evitables en la colocación defensiva supusieron la eliminación copera del equipo. Al término del partido, el capitán blaugrana Frank de Boer, culpó directamente de la derrota a Robert Enke. “Toni Madrigal —autor de los tres goles del Novelda esa tarde— no cree que un solo partido pueda cambiar la carrera futbolística de un jugador. Luego añade que, si piensa en Robert Enke, quizá sí es posible que una tarde pueda marcar toda una vida”, escribe Ronald Reng en Una vida demasiado corta.

La sensación de que tenía una sola oportunidad y de que la había malgastado se apoderó de él. Explica la Organización Mundial de la Salud (OMS) que la depresión se caracteriza por, entre otros síntomas, sentimientos de culpa y baja autoestima. Enke disputó algún partido más con el Barça, cuajando actuaciones soberbias, pero él no lo veía así. Luego de resistirse a los consejos de su familia, Robert acudió a un profesional en busca de ayuda. Eso sí, actuando con la máxima discreción. Nunca quiso que su condición repercutiera en su vida pública, y, sobre todo, en su carrera.

A trancas y barrancas, pero con una leve mejoría, Robert Enke llegó al final de la temporada con un objetivo claro: salir del FC Barcelona. Era el verano de 2003 y el alemán consideraba que había superado el bache. El destino le llevó a fichar por el Fenerbahçe y a vivir alejado de su mujer en Estambul para la siguiente temporada. Solo jugaría un partido. Durante el mismo, el miedo tomaría posesión del cuerpo y de la vida de Robert hasta el punto de quedar paralizado durante el encuentro. Perdieron 0 a 3. Tuvo que huir de Turquía en medio del revuelo y la confusión y alejarse del fútbol. No ofreció explicaciones. Comenzó a tratarse regularmente y a consumir medicación en su domicilio de Barcelona.

Entradas y salidas

Liberarse de Turquía y su profesión, aunque solo fuera temporalmente, no supuso un alivio para Robert Enke y su enfermedad. La presión, ahora ya no de los medios ni de ningún cuerpo técnico, sino propia, fue todavía más grande. El reconocimiento de su problema lo encerró aún más en su refugio. Aclara la OMS que la depresión, en algunas ocasiones, puede llegar a generar más estrés y empeorar la situación vital de la persona que la sufre al ser reconocida. Es una espiral de difícil salida, aunque Robert conseguiría fugarse de ella en un primer momento.

Si Lisboa era la ‘Ciudad de la Luz’, Tenerife se convirtió para Robert Enke en la Isla del Sol. Con la llegada del 2004 y tras un tratamiento que había conseguido liberar mínimamente al portero de su patología, el alemán volvió al fútbol. Desde la base. Entre las filas del Tenerife, un equipo de la Segunda División Española, Enke tampoco comenzó siendo titular. No le importaba. Teresa, su mujer, estaba embarazada, y él ya no se sentía presionado por nadie por cómo hacía su trabajo. Con el tiempo, a Robert le llegó su oportunidad en la meta tinerfeña. A base de grandiosas apariciones y de su talento nato, Robert Enke se hizo dueño de la portería y el equipo mejoró sustancialmente con su presencia. Ronald Reng relata en su libro que aquella media temporada en el Heliodoro Rodríguez había sido el punto más bajo en la carrera de Robert para los medios de comunicación alemanes. Sin embargo, para él había sido uno de sus mejores momentos como profesional.

Volvería a Alemania y a la Bundesliga de mano del Hannover 96 ese verano. Se establecería con su esposa en Empede, un pequeño pueblo a las afueras de Hannover. Teresa daría a luz a su hija Lara poco después, a finales de agosto. Lara nació con graves problemas cardiovasculares y necesitó de cuidados constantes por parte de los médicos y de sus padres. Teresa y Robert se acostumbraron a lidiar con ello y a vivir en permanente estado de alerta. Con todo, la vida parecía sonreírle. Su nombre volvió a sonar con fuerza en la prensa alemana y se convirtió en el principal baluarte de su equipo. Lara también mejoró su condición paulatinamente.

Robert, con su hija Lara en mayo de 2006 | Fuente: Bild
Robert, con su hija Lara en mayo de 2006 | Fuente: Bild

Finales alternativos

El 17 de septiembre de 2006, Lara falleció. Fue un punto de inflexión en la vida de sus padres y especialmente en la de Robert Enke. Su reacción, sin embargo, no fue la que cabría esperar. En todo momento, tanto con sus compañeros como con su familia, los Enke trataron lo ocurrido con la máxima serenidad posible. Sabían perfectamente que era algo que podría suceder desde el nacimiento de Lara. Su partida, aunque determinante, no fue lo que terminó con la vida Robert.

Salieron adelante. O al menos esa era la impresión. El Hannover progresaba y las actuaciones de Robert Enke no eran ajenas a ojos de la Selección de Alemania. A sus casi 30 años, Robert regresó a Die Mannschaft. Bajo la sombra de la titularidad de un Jens Lehmann a punto de retirarse, Enke viviría la Eurocopa del 2008 desde el banquillo. Su oportunidad, según todo el mundo, estaba al caer. ¿Sería el portero titular germano en Sudáfrica 2010? La depresión, el perro negro, dejó la duda para siempre.

Los miedos volvieron a aparecer en su cabeza. La prensa situaba a René Adler, más joven y con un estilo en la portería más visual, como un adversario duro para Enke en la portería de Alemania. La presión dentro del meta del Hannover 96 se tornaba insoportable. “Si pudieras entrar en mi mente durante media hora, entenderías por qué me estoy volviendo loco”, le dijo, según narra Ronald Reng, a su esposa Teresa. Vuelta al pozo. El perro negro metía su hocico en el refugio de Robert. ¿Regreso a 2003? ¿O era peor? ¿Necesitaba más ayuda que la última vez?

En 2009, los Enke se vieron capaces de volver a intentar ser una familia. Adoptaron a Leila y una luz alumbró sus vidas. Robert se agarró a ella y no la quiso soltar. Su recaída en la enfermedad era grave y profunda. En plena concentración con la Selección, Robert fingió estar enfermo. No podía salir de la cama. Su agente y él abandonaron el hotel en el que se alojaba Die Mannschaft con el pretexto de que sufría un virus. Para Enke no cabía la posibilidad de afrontar la realidad públicamente. De hacerlo, a Teresa y a él les quitarían a Leila. No se lo podía permitir. Siguió adelante y tras unas semanas regresó a los terrenos de juego con el Hannover.

En noviembre, Robert Enke escogió su camino. Su situación aparentaba haber mejorado. Parecía aliviado. El día 10, ‘Robbi’ le dijo a Teresa que se marchaba a entrenar. Nunca regresó a casa. Unas horas después, la Policía descubriría su coche cerca de un paso a nivel ferroviario. El cuerpo inerte del guardameta yacía junto a las vías. En la mesilla de su cama, su refugio, Robert Enke pedía perdón en una carta a su familia por haber ocultado su estado real los últimos días de su vida. El perro negro terminó siendo demasiado para él. No había podido ponerle la correa.

Punto de ebullición

Ocho días después de la conmoción a nivel mundial que supuso la decisión de Enke, otro jugador alemán, Andreas Biermann, confesaba que estaba pasando por lo mismo. Había intentado quitarse la vida un mes antes. Enke lo había motivado a lidiar con su enfermedad, su ‘diablo’, de manera distinta. Luego de reconocer su problema públicamente, a Biermann se le cerraron las puertas de clubes de alto nivel. Nadie quería contar con él en sus filas. Se hospitalizó, recibió tratamiento intensivo e incluso escribió un libro en el que abordaba su lucha, Depresión: Tarjeta Roja. En julio de 2014 solo vio una salida de la espiral de la depresión.

No hubo más ciudades ni islas luminosas para Enke. Tampoco para Biermann. Ramiro Castillo, internacional con Bolivia en los años 90 aguantó el aliento del perro negro en su nuca hasta 1997. Son ejemplos del oscuro submundo que reina en el fútbol, ya no solo de primer nivel. La presión y exigencia constantes en la vida de un futbolista a menudo se transfieren a su propia personalidad. Robert Enke tenía la apariencia de poseer nervios de acero y de mantenerse calmado ante cualquier situación. No necesita ladrar ni hacer ruido para atemorizar a sus víctimas.

Gianluca Pessotto, uno de los jugadores clave de la Juventus entre finales del 90 y principios del 2000, intentó suicidarse en 2006 luego de no poder soportar su marcha del fútbol. Milagrosamente, sobrevivió tras precipitarse desde varios pisos de altura. En la foto, Cannavaro y Zambrotta desplegan una pancarta en apoyo del exjugador tras una victoria con la Selección de Italia | Fuente: Eurosport
Gianluca Pessotto, uno de los jugadores clave de la Juventus entre finales del 90 y principios del 2000, intentó suicidarse en 2006 luego de no poder soportar su marcha del fútbol. Milagrosamente, sobrevivió tras precipitarse desde varios pisos de altura. En la foto, Cannavaro y Zambrotta desplegan una pancarta en apoyo del exjugador tras una victoria con la Selección de Italia | Fuente: Eurosport

Pessotto volvió a nacer. El ‘Apache Tévez confesó padecer una depresión. André Gomes admitió tener problemas para salir a la calle durante su etapa en Barcelona. Mertesacker, fiel amigo de Robert Enke, dio por terminada su carrera tras declarar que no podía más. Y muchos más casos. ¿A quién creer? ¿Cuál es la solución más adecuada para salir de la espiral? ¿Merece la pena esforzarse por ahuyentar al perro negro o hay que afrontarlo y ponerle la correa? Biermann demostró la falta de apoyos en la lucha contra un problema más común de lo que parece entre los profesionales.

La depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo; ¿por qué en el planeta fútbol iba a ser distinto?

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