Portada del libro Odio el Fútbol Moderno, editado por Planeta | FUente: Casa Del Libro
Portada del libro Odio el Fútbol Moderno, editado por Planeta | Fuente: Casa Del Libro
DIEGO TOMÉ CAMOIRA

@FirstClassSDP

Es una fría tarde de enero en Ponferrada, a 2 grados bajo cero y con pocas posibilidades de realizar cualquier otra actividad que no sea sentarte en el sofá a los pies de una chimenea. Me preparo un té mientras mi madre más habladora de lo habitual –ya raja poco de por sí- empieza a preguntarme qué tal la noche anterior. Nace un bonito diálogo entre ambos sobre los precios de las ginebras que acaba desembocando en lo territorial. “En Mieres en mi época pocas posibilidades tenías de subir los precios y de tomar otra cosa que no fuera Larios o Gin Kiber”. ¿Gin Kiber? Eso tiene nombre de zaguero islandés, pienso para mí.

En mi mano un té, en la otra el libro ‘Odio El Fútbol Moderno’, escrito por Miquel Sanchis y Carlos Roberto y publicado por la Editorial Planeta el pasado 2018 que mis amigos decidieron regalarme en diciembre, en plena época de exámenes. “Genial, quizá a mi profesor de Cibermedios le puedan interesar las hazañas del Bayer Uerdingen por Europa” reflexioné, pero –previsor por mí parte- decidí no dejar a un lado mis estudios por contemplar cómo el PC Fútbol dio más lecciones de geografía que muchos profesores en la década de los 90.

Así, y una vez terminados mis quehaceres cuatrimestrales, me disponía a devorar aquel relato de un tirón, como si de un atracón al FIFA se tratara. Pero allí se encontraba mi madre y la Gin Kiber, que se me había grabado a fuego en el subconsciente. “Los que tenían más dinero bebían Larios, que era la buena, y los que no, se pedían Gin Kiber con Coca Cola”. Si el Larios era la buena, no quiero imaginar cómo era aquel brebaje… “Encima era de aquí, la fabricaban donde está ahora el polígono, a la entrada”. Tengo mis dudas sobre esas afirmaciones y se las hago saber, le digo que imposible, que será una marca que tendría una fábrica en Mieres pero no sería de allí. Me responde con un escueto “busca en internet y verás cómo era de Mieres, si además tenían un equipazo de Hockey”.

Índice de Odio el Fútbol Moderno | Fuente: Diego Tomé Camoira
Índice de Odio el Fútbol Moderno | Fuente: Diego Tomé Camoira

¿Por qué odiamos el fútbol moderno?

El libro, creado por estos dos ex compañeros de clase de Gandía, quintos del 81 y que compartían pasión por el Heavy y el fútbol, responde a las demandas de una página de Facebook que, tras un Italia-España en el año 2014, y hastiados por la deriva mercantilista que estaba tomando este deporte fue creada por Miquel y Carlos. La página fue creciendo exponencialmente, hasta el punto en el que, con más de 100.000 seguidores, y con la Editorial Planeta llamando a la puerta, se deciden a sacar un libro que satisficiera las demandas de todos aquellos adeptos a su página de Facebook.

Personalmente yo no soy mucho de juzgar un libro por su portada –más bien lo hago por su contraportada- y, a primera vista, yo no me sentía del todo identificado con lo que estaba viendo en el reverso de aquel libro. De hecho, y debo ser sincero, no había escuchado hablar de marcas como Meyba en mi vida, y mucho menos sabía que aquella marca barcelonesa había sido la encargada de vestir al Barça al tiempo que el club culé alzaba su primera Copa de Europa. 

Contraportada de la obra | Fuente: Diego Tomé Camoira
Contraportada de la obra | Fuente: Diego Tomé Camoira

Viví otra era. El PC Fútbol estaba considerado como un reducto ante la aparición de simuladores como el FIFA o el PES –Y es que el Pro 6 molaba mucho, reconocedlo- y a mis colecciones de cromos ya le ponían voz por la tele al grito de “Este es nuestro fútbol”. Sí, soy un ‘viejoven’, y me gusta recrearme en la nostalgia en vez de vivir el presente, pero también recuerdo la primera camiseta que cayó en mis manos, y cómo en apenas 10 años, la Deportiva dejó de vestir una marca valenciana muy rara que vestía a la selección de balonmano y llevaba por nombre Rasán, a lucir camisetas personalizadas de la marca Adidas, todo esto deambulando entre la Segunda y la Segunda B. Así que sí, yo no viviría con Meyba y Massana, yo pertenecía a otra generación diferente a la de Miquel y Carlos, pero, definitivamente, aquel también era mi libro.

Quizá esperara de aquella obra un tratamiento más a fondo y ensayístico de lo que suponía la aparición del fútbol moderno y cómo todo había cambiado en nuestro fútbol a un ritmo vertiginoso. Realmente lo esperaba, pero sin duda no me hubiera divertido tanto. La obra, relatada en clave de animosidad y amor hacia este deporte al tiempo que se odia –constante contradicción entre la que muchos penamos-, me llevó a recrearme con cada página que iba leyendo. Muchos de los textos, “apetiguñados” y escritos de forma vertical al tomo, dificultaban la lectura del mismo, pero te permitían esbozar una sonrisa cuando leías las razones por las que odiar el fútbol moderno.

Mi padre dice que no le interesan demasiado obras así más que para evocar recuerdos, y que él sigue yendo al campo como hace unos años. Quizá con los años yo también lo vea así, pero las petacas, bocadillos y botas de vino entre las que me crie –como digo hace apenas 10 años-, ya no forman parte de esa comparsa animosa que se exalta en el libro y que cada dos semanas abarrotaba El Toralín.

Tampoco veo cromos en los patios del recreo, y que Messi “valga” más cromos por sus hazañas en el terreno de juego. Y, pese a que los protagonistas de las colecciones de mi infancia fueran Diego Forlán y Samuel Eto’o, me vi identificado con los adhesivos de Schüster y Dertycia que Miquel y Carlos recrean.

Recreación de jugadores bigotudos en forma de cromo | Fuente: Diego Tomé Camoira
Recreación de jugadores bigotudos en forma de cromo | Fuente: Diego Tomé Camoira

Devoré la obra en cuestión de horas como tenía previsto, y de regalo me llevé una búsqueda de Google que enriqueció mi conocimiento en ginebras en una sola tarde. Gin Kiber había sido un referente absoluto en cuanto a ginebras dentro de las cuencas mineras. “¿Viste? Ya te lo dije” remarcaba mi madre buscando la aprobación y con un deje en la voz que dejaba entrever un sentimiento de exaltación que parece agravarse con los años. No sólo descubrí eso, sino que Gin Kiber ha renacido en Langreo como una de las mejores ginebras Premium nacionales. “¿Cómo ye, ho? ¿Qué ahora la hacen en Langreo? ¿Y a ese precio? Si antes era lo más barato que había”.

No creo en las casualidades, y creo que todo ocurre por algún motivo. Aquella charla sobre la ginebra y el libro que tenía en la mano seguían vidas paralelas. Una fue el fruto de la época de mayor auge de las cuencas mineras asturianas, y el otro fue un producto que nació como un deporte popular, un deporte que nació obrero en el Siglo XIX y que se consagró a lo largo de todo el continente como uno de los mayores fenómenos de masas que existen. Quizá, para muchos, al igual que Kiber, sea mucho mejor la era actual que la pasada, pero lo que está claro es que tanto esa ginebra, como el libro que cayó en mis manos, sólo cobra sentido en la nostalgia para evocar un pasado que, bajo la opinión de muchos, fue mejor.