Aficionados ingleses buscando entradas para la final en el Wanda | Fuente: The Telegraph
Aficionados ingleses buscando entradas para la final en el Wanda | Fuente: The Telegraph
ALEJANDRO VÁZQUEZ CORRAL

@Kovaz5

Entre los cientos de problemas que uno puede arrastrar con su personalidad, uno de los peores es el pesimismo. No es por fardar, pero soy bastante gruñón y tengo cierta tendencia a pensar primero en la parte negativa de las cosas que en la positiva. ¿Os gustan los finales? A mí no, y os explico por qué.

Por norma general, la gente suele quedarse con el final de todo lo que sucede. Cuando salimos del cine nuestra valoración depende en gran medida de cómo termina la película. Lo mismo pasa con los libros. Es por eso que tanto los guionistas como los escritores redoblan esfuerzos en construir finales grandilocuentes -no he venido aquí a hablar de Juego de Tronos-. El problema llega cuando se descuida el trayecto hasta el desenlace.

De grandes gestas…

Todo se maximiza cuando termina. La tristeza es más triste y la alegría más alegre. Las emociones se llevan al extremo y nuestro criterio se atrofia un poco. Es totalmente inevitable e injusto para las grandes historias. Un mal final puede echar por tierra un trabajo impecable. Y lo peor es que todo tiene que acabar en algún momento, de una manera o de otra.

Mayo es el mes de los finalesy de las finales– por excelencia. A título personal, con el de este año termino una de las etapas más importantes de mi vida. También hay proyectos que continúan, amistades afianzadas y muchas promesas inciertas. Vaya, lo típico. Nadie muere, pero la transición entre una vida y otra merece una reflexión. Según el dicho, “caga el rey, caga el Papa y de cagar nadie se escapa”. Lo mismo con las despedidas.

En lo futbolístico, la temporada dice adiós con una de las Champions más disputadas y entretenidas de los últimos años. La final en el Wanda Metropolitano no le hizo justicia. Liverpool y Tottenham jugaron con más corazón que fútbol y la orejona acabó -esta vez si- en los brazos de Klopp y Salah. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que las semifinales tuvieron más épica que el duelo definitivo.

Ni qué decir tiene que el Liverpool hizo más que méritos para coronarse campeón, pero fue precisamente en el camino donde conquistó el título. ¿Para qué dejar lo mejor para el final pudiendo disfrutar en el trayecto? Eso sí, no dejando al azar el colofón. La temporada para los ingleses, por mucho que se haya escapado la Premier, ha sido de las mejores en más de una década.

… y grandes debacles

Una de sus víctimas en competición europea, el Barcelona, cierra una campaña que no iba mal encaminada de la peor manera posible. Este año del Barça ha sido el ejemplo perfecto de lo que es un buen recorrido con un final desastroso. Con la semifinal de Anfield y la final de Copa del Rey contra el Valencia, el equipo de Valverde -que seguirá en el cargo salvo cambio de planes- ha arruinado todo el trabajo anterior. El dominio en Liga no compensa lo demás, por lo menos para la afición.

Los dos grandes clubes de Madrid bajan la persiana de la 2018-19 con la ilusión de ver un mundo nuevo al levantarla. Ni unos ni otros han tenido un buen camino durante la temporada, por lo que el final, previsible, era lo único bueno que podía suceder. Despedidas, llegadas, rumores y esperanzas a partir de ahora.

Y no se descubre América al decir que en el resto de la tabla queda dolor para los que bajan y alegría para los que permanecen un año más. En Segunda quedan aún por decirse los aspirantes al ascenso por playoff, que siguen disputándose las plazas en el tiempo de descuento. El honor o la decepción dependen, de nuevo, de un solo partido.

Nunca jamás

'Nunca jamás', el poema de Walter Saavedra, recogido en el libro 'Hambre de gol', al final | Fuente: Hambre de gol
‘Nunca jamás’, el poema de Walter Saavedra, recogido en el libro ‘Hambre de gol’ | Fuente: Hambre de gol

“¿Cómo vas a saber lo que es la vida si nunca jugaste al fútbol?”, escribía el locutor argentino Walter Saavedra en el poema ‘Nunca jamás’. El fútbol, al igual que la vida, es tan injusto como impredecible. Nada está escrito y nadie te puede enseñar una fórmula infalible para triunfar en el campo ni en el día a día.

Un final no distingue entre lo bonito y lo feo. Las mejores rachas siempre terminan, como también lo hacen las malas. Ojalá nunca se acabase lo que nos hace felices, pero se fuera rápido lo negativo.

No hay esfuerzo que valga. Tanto la vida como el fútbol, por desgracia, van de finales. Y no se llega a las finales si no es para ganarlas.