Edward Norton en El Club de La Lucha, leyendo el catálogo de IKEA | Fuente: thevintagenews
Edward Norton en El Club de La Lucha, leyendo el catálogo de IKEA | Fuente: thevintagenews
CARLOS RODRÍGUEZ LÓPEZ

@Carlosrlop

Todas las personas que hay en el bar viendo un partido creen que tienen idea de fútbol. Todas las personas que van a IKEA creen que tienen idea de decoración. Y, curiosamente, en la mayoría de los casos ni unos ni otros tienen puñetera idea, ni de una cosa, ni de la otra.

Sensaciones de falsa sabiduría, iguales en el fondo pero diversas en la forma: en el bar, los que quieren que creas que saben, gritan. En IKEA, los que quieren que creas que saben, hacen un corrillo en torno al mueble en cuestión, ponen sus mejores poses de intelectuales y debaten en voz baja. Puede que ya lo hayan descartado por caro, pero tú no te enterarás, porque ellos seguirán allí, como si un mueble con nombre de delantero sueco les fuera a resolver todas sus dudas acerca de la vida.

El bar te absorbe, te hace ser uno más. Aunque no te las des de entendido ni grites al entrenador el cambio que debería hacer, nadie se dará cuenta. Ya formas parte de un todo. Te puedes marchar de allí sin problema, pero si decides quedarte ya eres parte de EL BAR, para lo bueno y para lo malo.

En cambio en IKEA puedes revelarte y hacérselo saber a todo el mundo. Cuando lo haces pasas a integrar el grupo de quienes no perdemos el tiempo en fingir, esa crew a la que me gusta llamar “los señores mayores, los niños y yo”. Para pertenecer a este selecto grupo, tienes que dejar a un lado el ego, asumir que no tienes ni puta idea de decoración y limitarte a sentarte en todas las sillas, sillones, sofás e incluso camas que te vayas encontrando a lo largo de esas enormes tiendas. Porque esa es otra, los IKEA son enormes y una vez entras, salir sin recorrer todo el establecimiento es ardua tarea.

Los jubilados, los niños y yo, hemos hecho de esa peculiaridad nuestro lema, el que resume nuestra ideología: del bar se sale, pero de IKEA no.