CARLOS RODRÍGUEZ

@Carlosrlop

Lo cierto es que aquella noche ni siquiera íbamos a salir. No había ganas ni razón alguna teniendo en cuenta que la misión era estar al 100% para las tres noches siguientes, pero lo hicimos.  Pido perdón. ¿Por no ser mejor que nadie? También, pero sobretodo le pido perdón a Galder Reguera. Puede que lo que venga a continuación no le guste nada.

El bueno de Galder escribe de fútbol y además es Responsable de las Actividades en la Fundación Athletic Club. No lo conozco personalmente pero ya es mi mejor amigo, pues tiene las mismas preocupaciones que yo: amar el fútbol y no sentirse viejo. Hace unos días, el bilbaíno preguntó en Twitter en qué punto de la vida se dejaba de crecer para empezar a envejecer.

La respuesta está en la misma noche con la que empieza esta columna, en la que yo me estrené en eso de sentirse viejo:

La primera señal de que  a partir de entonces el verbo crecer solo acompañaría a mí pelo, llegó cuando tras ver el ambiente del garito pensé, “joder, pero si parece que acaban de hacer la comunión”. Ese fue el primer paso, un gesto que me advirtió de que probablemente yo ya estaba envejeciendo. La muestra definitiva e inequívoca de que me estoy haciendo viejo llegó cuando entre mi grupo de amigos nos comenzamos a preguntar “¿Nosotros éramos así? ¿Nosotros bebíamos así? ¿NOSOTROS LIGÁBAMOS ASÍ CON ESOS AÑOS? “.

Recuerda aquel día Galder, el día que viviste aquello en algún rincón de Bilbo, porque estoy seguro de que te habrás visto en las mismas. Desde entonces, no has parado de envejecer. Si no me crees, piensa cuanto tiempo hace que nadie te dice “Hombre, ¡cuánto has crecido!”, y lo habitual que se ha hecho el “Bueno, pero tú estás hecho un chaval”. Cuando se dirigen a nosotros como chavales, ya no somos tan chavales.

Ningún pub me enseñó nunca tanto como aquel de Portonovo. Además de a identificar los síntomas del envejecimiento, aprendí que siempre habrá alguien más viejo que tú. Solo tienes que saber mirar a las esquinas. Cuando eres el más veterano y te sientas desubicado entre tanto joven tenderás a quedarte en un rincón con tus colegas. Sé paciente y verás como otra esquina acaba siendo ocupada por un grupo de gente más mayor que vosotros. A nosotros fue lo que nos salvó. El cuarto árbitro de la vejez levantó entonces la tablilla para señalar el cambio. Ya no éramos los viejos del local.

PD: La vejez es algo imposible de frenar, pero recuerda que el tiempo que pases siendo “el viejo” de algún sitio solo depende de lo que tarde alguien que esté peor que tú en llegar. Un “detrás de mí vendrá quién bueno me hará” según el refranero español, y un ¿para qué traer a Courtois teniendo a Keylor?, según el futbolero español.

PD 2: Siendo sinceros, no siempre es malo parecer viejo.