Mario Balotelli | Fuente: Marca
Mario Balotelli | Fuente: Marca
CARLOS RODRÍGUEZ

@Carlosrlop

El pasado domingo la Serie A fue escenario de un nuevo episodio de racismo con Mario Balotelli como protagonista. El delantero italiano de ascendencia ghanesa tuvo la poca vergüenza de dar un balonazo a unos pobres aficionados racistas del Hellas Verona que expresaban su opinión libremente. No contento con ello, inmediatamente después, el muy ofendidito amenazó con marcharse del campo. Por favor, Mario, ¿te parece normal ir por ahí pegando balonazos a los blancos?¿Harías lo mismo si fuesen negros? No entiendo cómo ni por qué te convencieron tus compañeros para que finalmente no abandonaras el campo, pero estoy seguro de que alguno debió pronunciar algo similar a un “no te enfades, hombre”.

Dejemos a Balotelli a un lado, ahora vamos a hablar tú y yo. El párrafo anterior está escrito en un tono totalmente irónico. Ojalá no hiciera falta aclararlo, pero al paso al que vamos, habrá un día en el que ya no nos extrañe leer algo así en los medios. La verdad es que Balotelli fue protagonista de un nuevo y vergonzoso caso de racismo en el fútbol italiano, al ser objeto de insultos por su color de piel. En la segunda parte, tras las numerosas provocaciones, explotó lanzando el balón hacia el sector de la grada del que procedían los insultos. Inmediatamente después, tomó la dirección del túnel de vestuarios, pero sus compañeros de equipo lograron convencerlo de que no abandonase el campo.

Quizá nunca hayas vivido en tus propias carnes un caso de racismo y te cueste ponerte en el lugar de Balotelli; pero seguro que te has visto en alguna situación tensa calmada con un “no te enfades, hombre”, después de que alguien se hubiese metido contigo. Probablemente hayas reaccionado a lo Balotelli ante algún profesor que te había intentado dejar en ridículo y, después del calentón inicial, hayas visto como tus compañeros o  tu propia autocensura, hacían que todo quedase en su simple calentón.

Una profesora me dijo una vez en un tono claramente despectivo que no llegaría ni a trabajador de El Corte Inglés (por cierto, nunca he entendido por qué para ella era así de deleznable esa ocupación), con una notoria intención de humillarme. Me limité a contestarle verbalmente y la anécdota quedó ahí. Lo peor es que no era la primera vez que intentaba dejarnos en ridículo a mí o alguno de mis compañeros, por lo que no se trataba de un caso aislado. Cada uno siguió con su vida: yo aprobé la asignatura y ella continuó dando clase e intentando joder a más chavales de nuevas promociones. Me autocensuré bajo el “no te enfades, hombre”, cuando lo más digno habría sido que todos los compañeros nos negásemos a seguir asistiendo a clase mientras la impartiese aquella persona. Al menos sería lo más honesto con nosotros mismos y lo más justo con los que vendrían después. Nuestro silencio, asumido como un daño colateral para aprobar la asignatura, estaba siendo cómplice del verdugo, que encontraba en nuestro miedo a intentar cambiar las cosas su mejor aliado.

Apliquémoslo al caso Balotelli: ¿no habría sido mucho más digno que los compañeros del italiano decidiesen abandonar el campo con él? ¿Acaso es más honesto decirle que no se enfade, que no pasa nada o que su asignatura pendiente es centrarse en ganar ese partido? De ninguna manera. Su inacción es el mejor aliado del racista, que seguirá campando a sus anchas por los estadios de Italia. Pero vosotros no os enfadéis, no vaya a ser que algo cambie…