Un aficionado de China y Wu Lei

ALEJANDRO VÁZQUEZ CORRAL

@Kovaz5

La vida es eso que pasa mientras nos formulamos preguntas estúpidas y nos olvidamos de que queremos responderlas.

Soy capaz de enumerar tres momentos en los que mi mente entra en trance y funciona a un ritmo distinto: en la ducha, conduciendo y en ese momento de delirio previo a caer dormido. Por alguna razón que se me escapa, tengo la sensación de pensar con más lucidez y ser capaz de formularme cuestiones interesantísimas -o al menos a mí me lo parecen en ese momento-. Muy a mi pesar, al salir de la ducha, aparcar o despertarme al día siguiente, ya no me acuerdo de nada.

Me cuentan mis amigos que a ellos también les pasa, que tienen esa sensación extraña de inteligencia incrementada en algunas ocasiones determinadas. Algo parecido a que te toque la setita en el Mario Kart: es intenso, dura poco y cuando termina tienes la sensación de ir incluso más lento que antes. Bueno, lo cierto es que podría compararse con muchas cosas.

El caso es que este octubre mi vida ha tenido un claro protagonismo oriental. El destino ha querido juntarme con tres jóvenes chinos que están en España tratando de mejorar su castellano. Dejando a un lado que luego de ocho meses estudiando el idioma son capaces de hablar mejor que yo, la interacción entre ambas culturas da lugar a conversaciones bastante locas. Uno de ellos dice que vive en un “pueblo” de 40.000 personas en China, pero que “por lo menos tenemos Starbucks, no como Santiago”.

Aquí es donde cobran importancia esos momentos zen de los que hablaba antes. En un alarde de inquietud vital, me surgió la duda de cómo llamaban los chinos a los bazares multiprecio en su país. Al contrario de lo habitual, la cuestión no se esfumó con el vapor de la ducha, el click de la llave del coche o los ronquidos nocturnos. Mi compañera de piso me animó -e incluso instigó- a preguntárselo a mis amigos chinos. No me quedó otra.

Con un poco de dificultad, intenté trasladarle mi inquietud a uno de ellos. La conversación fue más o menos así:

A ver cómo te lo explico… ¿En China tenéis un tipo de tienda en el que hay cosas de todo tipo muy baratas?

[Cara de no saber lo que le estoy diciendo]

Em… No sé cómo expresarlo mejor. Aquí en España hay muchas y normalmente están regentadas por gente de China.

[Cara de, ahora sí, entenderme] Ahhhh, sí, claro. Pero la calidad es muy mala. En China las llamamos ‘tiendas de los 100 días’.

La explicación por su parte fue bastante sencilla, “tiendas de los 100 días porque es lo que duran sus productos”. Y qué voy a decir, la verdad es que me pareció un nombre tan bueno que ahora lo implemento a discreción.

Los entrenadores de los 100 días

No fueron 100, sino 98 los días que David Gallego estuvo al mando del Espanyol antes de ser sustituido por Pablo Machín en el Espanyol. Junto a Marcelino, fue de los primeros en decir adiós a sus puestos de entrenador en Primera División. Un poco más duraron Mauricio Pellegrino y Fran Escribá, los últimos en abandonar el nido, en Leganés y Vigo respectivamente. El argentino, a quien ahora suple Javier Aguirre, dimitió a pesar del apoyo del club y se negó a cobrar lo que le restaba de contrato. El segundo salió de un Celta con unas aspiraciones mayores a huir del descenso.

Probablemente no sea culpa de sus capacidades como técnicos, pero la contratación de un entrenador se ha convertido en una operación de riesgo. Tanto para los clubs como para los propios preparadores. Al igual que los ciudadanos de a pie, los equipos optan por soluciones rápidas y baratas en vez de apostar por lo sensato.

Hace unas semanas decidí ir a la ‘tienda de los 100 días’ a comprar un par de colgadores que sujetaran un espejo en mi habitación. La idea fue buena; los ganchos parecían aguantar y yo solo me había gastado unos céntimos. Unos cuantos días después entré en mi cuarto y el espejo estaba en el suelo, pero intacto. “Mala suerte”, pensé, “igual necesito colgadores más grandes”. Y regresé del bazar con unos colgadores gigantescos -por el mismo precio que los anteriores- que, “malo será”, me dije, aguantarían sin problema.

Puede que por acudir a una tienda especializada y gastarme un poco más me hubiera ahorrado el tener el espejo hecho trizas apoyado, ahora sí, en el suelo. Non todo é o que parece, amigo. Por el momento van cuatro movimientos en los banquillos, un número que amenaza con incrementarse como consecuencia de la locura liguera en la máxima categoría. Los equipos de primer nivel en España intentaron lidiar a lo largo de todo octubre con sus altibajos, que no están dejando buenas sensaciones entre sus aficionados. De seguir así y como es costumbre, los primeros sacrificados serían los técnicos. Ya que los vicios son malos de eliminar, espero que al menos se dejen asesorar correctamente en sus nuevos recambios.

Nos iría mejor si fuéramos chinos

Se da la casualidad de que uno de mis compañeros chinos es un gran seguidor del fútbol español. Tiene dos motivaciones: la primera, su Real Madrid; la segunda, Wu Lei. A diferencia de mis otros dos amigos chinos, que tienen otras pasiones como el baloncesto o el diseño gráfico, el futbolero es todo entusiasmo. Ataviado con su chubasquero y su gorra del Madrid en días de partido, vive el fútbol como si se hubiera criado en Chamartín. “A ver si echan a Zidane. Tiene que volver Mourinho”, replica cuando le pregunto sobre la situación actual del equipo. No le gusta Benzema, pero nadie es perfecto.

Visitó el Bernabéu y presenció algún partido del Madrid, pero no se queda ahí su seguimiento de la liga. Un día me enseñó un fragmento de la retransmisión china del partido entre el Celta de Vigo y el Espanyol de la jornada 6. Ese encuentro, que enfrentaba a dos equipos que ahora copan los puestos de descenso y que terminó en empate a uno, tenía un atractivo especial para él. En Vigo jugó de titular Wu Lei, estrella de la selección china de fútbol y, según mi amigo, “el único bueno de China, el resto son muy malos”. Madridista, pero con la camiseta y la bufanda blanquiazul del Espanyol, se fue a Balaídos a animar en solitario a todo un ídolo nacional. Por supuesto, las cámaras se fijaron en él.

“No marcó pero jugó bien. Es un orgullo para todo mi país”, dice. Y ya está. Ojalá nos tomáramos el fútbol un poco más como los chinos.