Wayne Rooney dando paso al Año Nuevo con Cristina Pedroche | Fotomontaje de Carlos Rodríguez<
Wayne Rooney dando paso al Año Nuevo con Cristina Pedroche | Fotomontaje de Carlos Rodríguez
CARLOS RODRÍGUEZ

@Carlosrlop

¿El 2019? Pues ni lo recordaré como un gran año ni acabó de la mejor manera. Un gilipollas me lanzó un cariñoso puñetazo a la boca la última noche que salí de fiesta. Fue un par de días antes de la primera del 2020, la de fin de año. Nunca he entendido porque a la fiesta que se monta después de las uvas se la llama así en lugar de Fiesta de Año Nuevo si se celebra pasadas las 12 de la noche. Sería lo más lógico si mantuviéramos el criterio por el que consideramos el cumpleaños de una persona desde las 00:00 de la fecha en cuestión y no a partir de la mañana siguiente.

Fiesta de Fin de año, de Año Nuevo o de “fingido interés por unos cuantos que te encuentras por ahí y no te habían importado un carajo los últimos 365 días”, lo cierto es que no me apetecía mucho salir. Al final lo hice, por inercia y por un compromiso personal del que me siento especialmente orgulloso desde que empezó el confinamiento: dejar de salir de fiesta ÚNICAMENTE cuando haya un motivo de fuerza mayor -no, la pereza y el cansancio no lo son-. Porque sé que la última noche que salga de fiesta no seré consciente de tal acontecimiento. Un día despertaré, me quedaré empanado mirando a donde todos miramos antes de ponernos las zapatillas y me daré cuenta de que hace meses que no salgo de fiesta. Y de golpe sabré que ya no soy tan joven, igual que un día reparas en que te han salido antes las canas que los abdominales. Y no me gustaría estar lamentándome por haberme perdido alguna juerga mientras me baño en Benidorm con mis colegas del Imserso. Bastante tendré entonces con mi boina de octogenario y mis manías de octogenario y mis arrugas de octogenario y mi calva de octogenario hijo de un calvo y mi barriga de octogenario al que nunca le llegaron a salir los abdominales.

Volví a casa -esta vez sin conocer nuevos nudillos- y me dormí. Cuando las voces de mi familia me despertaron, ya era Año Nuevo a todos los efectos. En aquel momento, en mi cabeza solo había sitio para Wayne Rooney. Había soñado que me lo encontraba al volver a casa después de tomar los churros. Sí, en Lugo. Apoyado sobre una pared mientras fumaba un cigarro, el tío se incorporaba con entusiasmo al verme. Sí, como si fuéramos colegas de toda la vida. Tras un sincero abrazo, la comedia:
-Wayne, tío, siempre fuiste un jugón. Eres uno de los jugadores más infravalorados de tu generación.
– De eso nada, el infravalorado eres tú.
– Pero, Wayne… yo no soy futbolista.
-Ya lo sé Carlos. Pero, aun así. Hazme caso.

Como no soy nadie para rebatir al máximo goleador de la historia del Manchester United, el sueño acabó ahí. Tras unos minutos intentando averiguar qué clase de tarado soy para alimentar ese subconsciente, creí oportuno levantarme. Entonces supe que la abuela se había caído esa mañana. No fue más que un susto, pero ya se sabe que el susto no te lo quita nadie [porque le deben sobrar a ese tal nadie, no por otra cosa]. Comida y sobremesa fluyeron con los dolores de la abuela como telón de fondo. Por la tarde, me acerqué a la farmacia para comprarle ibuprofeno, pero no había. No, no había ibuprofeno en el sitio donde se compra el ibuprofeno. Lo peor no fue eso, lo peor era la voz de Serrat saliendo de los altavoces del establecimiento: “golpe a golpe, verso a verso…”

Todavía no sé si aquello fue el epílogo del 2019 o el prólogo de 2020. El tiempo añadido de uno o el calentamiento para el otro. Como tarde mucho más en descubrirlo, nos van a dar las uvas.

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