Los Casuals cambiaron las gradas y la violencia por las pistas de baile a finales de los 80 | Fuente: 80's Casual Cassics
Los Casuals cambiaron las gradas y la violencia por las pistas de baile a finales de los 80 | Fuente: 80’s Casual Classics
DIEGO TOMÉ CAMOIRA

@FirstClassSDP

El fútbol y las gradas han sido el espacio habitual de mods, skinheads y rockers prácticamente desde sus orígenes. Todas ellas son subculturas urbanas que, en mayor o menor medida, han tenido su espacio dentro de las gradas, pero no han nacido allí; ni la estética ni el balón por sí solos pueden explicar el surgimiento y la identidad de cada uno de estos movimientos.

No obstante, este fenómeno no es así entre los casuals. Si bien géneros como el Northern Soul es inherente a la cultura mod, así como el Ska y el Reggae lo son a los skinheads primigenios, el fenómeno casual nace desde la grada, únicamente con las denominadas ‘tres f’ en el argot futbolístico –Football, Fashion, Fightingcomo razón de ser de la cultura.

Con el fin de desligarse de la estética rudimentaria de los skins, y como una evolución natural tanto de ésta como de la estética mod, las gradas británicas se empezaron a llenar de jóvenes con especial predilección por las marcas de ropa deportiva. De las botas y los tirantes se pasó a las zapatillas Adidas, los cárdigans de rombos y las chaquetas deportivas de marcas italianas como Ellesse o Sergio Tacchini que, hasta entonces, tenían mucho más que ver con otras disciplinas deportivas como el tenis que con el fútbol.

Hay quien sitúa el origen de esta subcultura en la Liverpool de finales de los 70. Otros lo hacen en Manchester con el surgimiento de los Perry Boys, la firm de la que formaba parte Mani, el, a la postre, bajista de los Stone Roses.

Si bien se diferenciaba de cualquier otra cultura juvenil por no estar ligada ni haber surgido de la mano de un género musical concreto, no se puede desligar el fenómeno casual de un componente musical que, en muchos casos -sobre todo a finales de la década de 1980- no se habría entendido sin esta subcultura tan ligada a las gradas británicas y que pervive, con bastantes adeptos, incluso hasta nuestros días.

Madchester y ‘The Haçienda’

“A diferencia de otras subculturas, la cultura casual no se articuló en torno a un estilo musical. Quizás fuese la excepción que confirmase la regla. Sin embargo, tampoco podemos afirmar que la cultura casual sea totalmente ajena a la música, ni mucho menos. Si tuviéramos que crear una banda sonora del “casualismo”, esta se nutriría de los diversos gustos musicales de los primeros casuals, que también variaban según la ciudad”, menciona César Rodríguez Blanco, historiador y gran conocedor de las culturas juveniles urbanas, en su paper Los orígenes de la cultura casual: hooliganismo y moda en Gran Bretaña través del cual presenta el auge de este movimiento, en todas sus vertientes, durante los años 80, coincidiendo con la llegada al poder de Margaret Thatcher.

Las gradas de Old Trafford y Anfield se llenaban de jóvenes con cortes de pelo al estilo Wedge, chubasqueros de la marca Peter Storm y las mismas chaquetas deportivas con las que Bjorn Borg salía a ganar cada Roland Garros. Pronto el cerco policial se estrechó sobre estos lads de clase obrera cuyas fechorías estaban llegando a un punto álgido dentro de las islas.

Cualquier encuentro de competición europea servía a los hooligans de los clubes punteros en Inglaterra para causar el terror en aquellas ciudades a donde iban. París, Madrid o Amsterdam sufrieron en sus carnes las actitudes de estos jóvenes de los suburbios de las principales ciudades inglesas, quienes parecían estar más preocupados por saquear las principales boutiques de las capitales europeas en busca de la prenda que les hiciera distinguirse de sus rivales, que del resultado de su equipo.

Al tiempo que el gobierno de la ‘Dama de hierro’ intentaba acabar con el hooliganismo, y la tragedia de Heysel mostraba a todo el continente el creciente problema al que sus sociedades se enfrentaban, en Manchester, una de las cunas del casualismo sonaba aquello de There Is a Light That Never Goes Out.

Morrissey y los suyos debutaban en un pequeño club llamado ‘The Haçienda’, inaugurado en 1982. Aquel local se convirtió en la casa habitual de The Smiths y del movimiento conocido como New Wave -el equivalente a nuestra movida madrileña-. Allí, y con jóvenes mancunianos como Ian Brown o Reni como espectadores privilegiados, se estaba formando el germen de lo que se daría a conocer como Madchester.

Tras la tragedia de Heysel en el verano de 1985 las gradas se vaciaban o, al menos, parecían espacios más pacíficos. Los casuals habían dejado de comprar ropa y vestir a la última moda para pegarse durante las previas y los postpartidos. Ahora lo cool era ponerse la mejor de las prendas para el festival de MDMA que se preparaba en aquellas raves que se alargaban hasta bien entrado el amanecer.

Si Londres y la mayor parte del país acogían a aquellos casuals en grandes carpas situadas en polígonos donde el acid house era la banda sonora, Manchester vivía su propia realidad. El acid house se mezclaba con la influencia en la ciudad de bandas como New Order o The Smiths para crear el Madchester, ese género híbrido a medio camino entre el rock psicodélico, el post-punk y el acid house.

Casuals: El ‘Segundo Verano del Amor’

I had to crucify some brother today
And I don’t dig what you gotta say
So come on and say it
Come on and tell me twice

Al ritmo de Happy Mondays, y hasta arriba de pastillas, aquellos casuals daban lugar al conocido como Segundo Verano del Amor. Si San Francisco vivió durante los 60 la eclosión del movimiento hippie, el Thatcherismo veía como la violencia futbolera que azotaba a las islas se frenaba con música y la droga del amor.

The Haçienda se convirtió en el epicentro de la escena Madchester | Fuente: The Ransom Note
‘The Haçienda’ se convirtió en el epicentro de la escena Madchester | Fuente: The Ransom Note

Las diferencias entre Liverpool y Manchester, las dos principales urbes del noroeste del país, también tenía su reflejo a nivel musical. A 60 kilómetros de The Haçienda, los casuals de Liverpool ya no se fijaban en John Lennon y los suyos. La escena electrónica alemana era lo que mandaba por aquel entonces, lo que unido al eclecticismo de personajes como David Bowie o Bryan Eno generó el Synth-Pop. “A diferencia del público musical de otras ciudades en la época, Liverpool ha tenido una gran cantidad de chavales que también iban a los partidos de fútbol. A medida que estos discotequeros iban haciendo notar su presencia en las gradas de Anfield, Goodison Park y Prenton Park, más chicos jóvenes se iban uniendo al gusto por las nuevas prendas y cortes de pelo”, menciona al respecto César Rodríguez en su artículo.

Mientras la mayor parte de hooligans relajaban sus comportamientos en las gradas, cuando no las abandonaban directamente, Liverpool veía como, pese al acid house, aquellas raves seguían siendo un hervidero de lo que poco después explotaría en Hillsborough.

Si bien los locales y las raves eran el espacio habitual de los casuals de todo el país, aquel fenómeno fue degradándose a partir de 1989. La tragedia de Hillsborough volvió a conmocionar a todo el país y lo que parecía el comienzo de la paz entre las firms rivales, renacería con más fuerza si cabe a comienzo de los años 90, coincidiendo con la salida de Margaret Thatcher del gobierno.

“Las bandas del Madchester, el acid house y sobre todo el éxtasis trajeron un ambiente de buen rollo generalizado que, de todos modos, duró poco. De las pastillas se pasó a drogas más duras como la cocaína o el crack y las bandas de narcotraficantes de zonas con­flictivas de Manchester como Cheetham Hill, Moss Side y Saldford pronto empezaron a disputarse el territorio a balazos. De Madchester a Gunchester. Ni siquiera el mítico santuario ‘The Haçienda’ se libró de sufrir algún que otro tiroteo”, se comenta al respecto en el número 3 de Wannabes Fanzine, zine en castellano especializado en el análisis y difusión de la cultura casual a lo largo y ancho del planeta.

De los Stone Roses a los Arctic Monkeys, pasando por Oasis. Si bien la individualidad y las ansias por distinguirse del contrario hacen imposible hablar de un único género musical asociado a esta subcultura nacida de las gradas británicas, lo cierto es que no se puede disociar al fenómeno casual de su componente musical. Tanto es así, que la música estuvo a punto de destruir el hooliganismo.

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