El árbitro enseña la tarjeta amarilla a Ilunga después de su sorprendente comportamiento | Fuente: El Periódico
El árbitro enseña la tarjeta amarilla a Ilunga después de su sorprendente comportamiento | Fuente: El Periódico
CARLOS RODRÍGUEZ LÓPEZ

Hablar del Mundial de 1974 disputado en Alemania es, para muchos, hacerlo del partido de fase de grupos en el que la República Federal Alemana perdió ante la RDA. Para otros, nombrarlo es recordar el primero de los dos que se quedó a las puertas de ganar un tío flaco de camiseta naranja llamado Johan. Habrá un reducido grupo de melancólicos para los que pensar en ese campeonato sea recodar a aquellos polacos que quedaron terceros. Para un servidor que no tuvo la suerte de vivir esa época y se las ha tenido que apañar con lo que ha ido conociendo en diferido, la mejor historia de aquel mundial es otra. El momento más asombroso de aquella competición la protagoniza un jugador del combinado nacional de Zaire al que revelarse contra un dictador le costó una amarilla… y burlas durante años.

El Mundial de Zaire

Zaire llegó a la Copa del Mundo como único equipo de África tras vencer con holgura a Marruecos (representante africano en México 70) en las finales de la eliminatoria continental. Habían conseguido clasificarse para un Mundial en el que se citaban figuras como Cruyff, Beckenbauer, Gerd Müller o Rivelino. Se abría un nuevo horizonte para un grupo de jugadores acostumbrados al puño de acero con el que gobernaba el dictador de su país, Mobutu Sese Seko –uno de los mandatarios más estrafalarios de la historia-, que había incumplido su promesa de agasajar a los jugadores por haberse clasificado para el torneo.

Jugadores de la selección de Zaire durante el Mundial del 74 | Fuente: En Una Baldosa

El grupo de Zaire para la primera fase estaba formado por equipos con un nivel muy superior al suyo: Escocia, Yugoslavia y el todopoderoso Brasil. Las diferencias de nivel futbolístico eran apabullantes.

Con la motivación propia del que juega un campeonato de tales dimensiones por primera vez, los zaireños saltaron el 14 de junio al Westfalenstadion para debutar frente a Escocia. Todo el mundo esperaba una gran goleada pero el cuadro africano se mantuvo dignamente y ‘solo’ perdió por 0-2, protagonizando una derrota que no sabía del todo mal teniendo en cuenta el nivel del equipo.

Cuatro días después, Zaire tenía una cita con Yugoslavia en el Parkstadion de Gelsenkirchen. Toda la entereza mostrada el día del estreno se vino abajo en este partido, que acabó con un bochornoso 9-0 a favor de los yugoslavos. Resultado traducido en vergüenza para la selección y un profundo sentimiento de ira para el dictador Mobutu.

El 22 de junio, Zaire recibía a Brasil en el mismo escenario en el que había encajado nueve goles. Todo invitaba a pensar en una paliza por parte de los brasileños: si Yugoslavia había sido capaz de marcarles nueve, ¿qué no sería capaz de hacer con ellos la canarinha? Pues bien, en ese último partido al que los zaireños ya llegaban eliminados, Brasil ‘solo’ les metió tres goles (3-0). Zaire volvía a casa con un balance de 3 derrotas, 15 goles en contra y ninguno a favor en tres partidos.

Muepu Ilunga, el rebelde

En el minuto 70 del partido contra Brasil y con 0-3 en el marcador, Rivelino tomaba carrerilla para lanzar una peligrosa falta desde la frontal del área sin imaginar lo que estaba a punto de suceder. Cuando el árbitro dio la orden con el silbato para que el brasileño golpeara el balón, Muepu Ilunga -jugador de Zaire que se encontraba en la barrera-, echó a correr como una exhalación y mandó el balón de un pelotazo (que por cierto, a punto estuvo de impactar en la cara de Rivelino) lo más lejos posible de su área. Mientras los jugadores de Brasil no entendían lo que acababa de suceder y el árbitro mostraba la tarjeta amarilla a Ilunga, la grada comenzó a reír pensando que el futbolista ni siquiera se sabía las reglas.

Pasaron los años y continuaron las burlas, pero con el tiempo salió a la luz la verdad: tras caer estrepitosamente ante Yugoslavia, Mobutu habría amenazado al equipo nacional de muerte. Esta amenaza, sumada al hecho de que el dictador habría incumplido su promesa de premiar a los jugadores por lograr clasificarse para el Mundial y toda la presión que recaía sobre sus espaldas, llevaron a Ilunga a protagonizar ese momento con el objetivo de ser expulsado como forma de protesta, harto de la situación que él y sus compañeros estaban viviendo. Ilunga solo vio la amarilla y no cumplió su objetivo, pero su acción quedó para siempre en la historia de los mundiales.

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