Juan Iturralde, encargado de lanzar los cohetes desde Anoeta en la actualidad | Fuente: Real Sociedad
Juan Iturralde, encargado de lanzar los cohetes desde Anoeta en la actualidad | Fuente: Real Sociedad
CARLOS RODRÍGUEZ LÓPEZ

@Carlosrlop

Hubo un tiempo en el que la única forma de enterarse del devenir de un partido de tu equipo era presenciándolo desde el estadio. Si no tenías la suerte de poder ir al campo y no tenías acceso a una radio o, simplemente, la radio no lo retransmitía, poco podías hacer.

Cuando la inmediatez todavía sonaba a ciencia ficción, en Euskadi apuntaron al cielo: cohetes y palomas para que todos pudieran saber lo que estaba sucediendo en el verde.

Las palomas de San Mamés

‘¿Cómo va el Athletic?’ Esa era la pregunta más repetida los domingos de principios de los 40 en el Sanatorio de Santa Marina. Los internos no tenían forma de seguir el partido en directo así que preguntaban a médicos, enfermeras y cualquiera que pasase por allí.

Alberto Álvarez, capellán del sanatorio, dio con la solución perfecta. Encargaría a alguien en el viejo San Mamés que tuviera consigo una jaula llena de palomas mensajeras que iría liberando en función de cómo transcurriera el partido. Cada vez que el Athletic marcase, soltaría a una de las blancas con destino al centro hospitalario; y por cada gol visitante, liberaría una de color oscuro.

El viejo estadio de San Mamés | Fuente: visitsanmames
El viejo estadio de San Mamés | Fuente: visitsanmames

El elegido para desempeñar la tarea fue Remigio Gómez, ‘El Morito’, reconocido lotero de Bilbao y aficionado athleticzale que ningún domingo fallaba a su cita con las palomas. Con el tiempo, fue incrementando la tecnología y terminó por atar a las patas de las aves un pequeño trozo de papel con resultado exacto, nombre del goleador y minuto en el que había marcado.

La tradición se mantuvo hasta la década de los setenta, tiempo después del fallecimiento de ‘El Morito’.

Cohetes en el viejo Atoxta

Antes de que existiesen Internet y el coaching, a la gente también le gustaba que su mensaje fuera escuchado. Normalmente, en lugar de una mayor relevancia o notoriedad, les movía el espíritu de compartir, que, aunque no lo creas, es algo que ya existía antes de que llegase Coca-Cola.

Los trabajadores de la Real Sociedad pensaron en los marineros vascos que faenaban en el Cantábrico. ¿Cómo podrían enterarse de que su Real había marcado o encajado un gol? Pues con un txupinazo, que para algo estaban en Euskadi.

Cuando el equipo txuri-urdin anotaba, dos cohetes tronaban en el cielo donostiarra; cuando lo hacían los visitantes, se escuchaba un solo estruendo.

Esta peculiar tradición arrancó en 1960 de la mano de Patxi Alkorta y se mantuvo hasta la temporada 1993-1994, primera del conjunto realista en Anoeta. En 2006 se volvió a retomar y, en la actualidad, convive con el VAR o los mapas de calor.

Incluso sin público en los estadios, los cohetes se siguen lanzando. Por eso el fútbol vasco es tan especial.

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