
Autor: Carlos Rodríguez – Fotografías: Lucas Méndez @lmenfilm
No es Berlín un buen lugar para ir de espabilado. Lo empecé a intuir gracias a Silvio, el aficionado unioner que nos haría de anfitrión en aquel partido contra el Bayern Munich en el An Der Alten Försterei. Y es que, tanto el que disparó las fotos que acompañan estas palabras como yo tuvimos la osadía de insinuar que la del Union Berlin nos estaba pareciendo una afición apagada. Que mucha fama de que los alemanes eran de estadios calientes y tal, pero que la previa en los aledaños… más bien flojita. A lo que Silvio respondió: «Esperad a estar dentro del estadio».
A pesar de su considerable parecido con Marc Warren, actor que interpreta en Green Street Hooligans a Steve Dunham (el hermano ejemplar y padre de familia modélico del que pronto se desvela un agitado pasado como líder de un grupo ultra), Silvio parecía un hombre tranquilo. Entrado en la cuarentena, sus ya prescritos romances con un par de asturianas durante su erasmus en Barcelona le habían ayudado a dominar el castellano.
A Silvio no lo conocimos hasta llegar al recinto del estadio, para lo que habíamos caminado unos 15 minutos a través del denso bosque que lo separa de la estación de cercanías de Köpenick. En el camino nos cruzamos con varios grupos de aficionados locales. No había cánticos, no había gritos, no había botes de humo, no había bengalas. Todos estaban en calma, peregrinando con la naturalidad del que recorre su camino a casa tras volver de trabajar.
Cuando llegamos a las inmediaciones del Försterei el entorno natural llamaba todavía más la atención. Daba la sensación de que aquello poco o nada tuviese que ver con Berlín. Poco o nada tuviese que ver con el fútbol. Poco o nada tuviese que ver con nada. O, al menos, con nada que fuese real. Era un oasis en medio de la capital más underground del mundo que, de tan poco artificial, parecía un decorado. Y todos los aficionados, figurantes en calma, rezumando una tranquilidad que hacía insospechable lo que acabaríamos viviendo.
Ya con Silvio, accedimos a la grada una hora y cuarto antes del inicio del encuentro. Quiso hacerlo así para asegurar que veríamos el partido desde el lugar deseado. A pesar de que él tiene su abono, nada te garantiza que vayas a poder seguir el partido desde tu sitio de siempre, porque no hay butacas. El fútbol allí se vive de pie. Tanto en los fondos como en una de las tribunas, la grada mantiene esa estructura de escalones de hormigón desnudo más propia del viejo fútbol.
Aunque todo futbolero sabe que un graderío sin butacas suele ser sinónimo de afición animosa, el ambiente descafeinado de la previa despertaba nuestro recelo. Pero cuando los jugadores saltaron a calentar se disipó cualquier duda. El estadio se unió en un ensordecedor cántico de UNION, UNION que se prolongó durante casi dos minutos. Solo durante el calentamiento, animaban más que muchas aficiones de España en el tiempo reglamentario.
A lo largo de los 90 minutos mostraron todo un arsenal de cánticos para llevar en volandas a los suyos. Algunos de toda la vida, otros como en el que prometen ser duros como el granit (granito) y como el Real Madrid, herencia de las clasificaciones para competiciones europeas de los últimos años. Eran capaces de animar incluso callados: en cada córner a favor se sacaban las llaves del bolsillo para hacerlas rechinar, invocando a los dioses del gol como si habitasen en el medio del bosque.
En lo futbolístico, la primera parte terminó con 0-0 y la sensación de que en cuanto el Bayern apretase marcaría un par de goles y se llevaría el partido. Efectivamente, Sané adelantó a los bávaros en el 75… pero Hollerbach empató para el Union en el 83. Fue tras una pifia de Urbig en el primer disparo a puerta que realizaban. Ni que decir tiene que la afición local se volvió completamente loca. Volaron las bufandas, volaron las llaves y voló la cerveza, ahogando a una cámara analógica que dejó estas fotos como último servicio.
El Union aguantó el resultado y estuvo a punto de darle la vuelta al marcador en el tiempo de descuento, pero no hubo fortuna. Después del éxtasis, Silvio, con una sonrisa que no le cabía en la cara, puso la guinda a su gran tarde: «¿Seguís pensando que hay más ambiente en España?». Nos reímos. Habíamos aprendido la lección: Berlín no es un buen lugar para ir de espabilado.
