Estatua de la Madre Patria en honor a la batalla de Stalingrado con el Volgogrado Arena de fondo | Fuente: ESPN
Estatua de la Madre Patria en honor a la batalla de Stalingrado con el Volgogrado Arena de fondo | Fuente: ESPN
DIEGO TOMÉ CAMOIRA

@FirstClassSDP

Hablar de Stalingrado en la actualidad es hacerlo de cinematografía, historia y mitos sobre la Segunda Guerra Mundial. La batalla más conocida del gran conflicto bélico del pasado siglo en Europa del Este ha sido objeto de numerosos filmes, novelas y relatos que se han hecho un hueco preferente en la cultura popular a uno y otro lado del charco. 

Menos conocido fue el partido de fútbol disputado en las ruinas de la ciudad que enfrentó a Spartak de Moscú y un combinado de la ciudad de Stalingrado que jugó bajo la denominación de Dinamo Stalingrado.

Dinamo y Traktor eran, por aquel entonces, los dos clubes más representativos de la ciudad de Stalingrado. Debido a los 200 días que duró la batalla, y a los numerosos bombardeos que sufrió la misma por parte de las fuerzas alemanas, los terrenos de juego de ambos conjuntos habían sido reducidos a ruinas y escombros.

Pese a la destrucción de la ciudad, Stalingrado supuso el punto de inflexión definitivo a la hora de frenar la avanzadilla del Reich en el frente del Este. La victoria de las fuerzas soviéticas y la primera gran derrota del nazismo habían insuflado aires de victoria en la ‘madre patria’, y tanto Stalin como el buró político de la URSS pretendían renovar las ilusiones del pueblo soviético sea como fuere.

El partido entre los escombros de Stalingrado

Beketovka, la región más al sur de Stalingrado, había sido uno de los distritos claves a la hora de vencer al ejército alemán. Los ataques conocidos como “la vieja solución” y que consistían en rodear a los contingentes nazis con ataques superficiales causaron el efecto deseado y fueron decisivos en la victoria de la URSS. Beketovka se había convertido en un símbolo de resistencia y, como tal, era el lugar idóneo para albergar aquel evento futbolístico que pretendía levantar la moral de todo un país.

“En ese intento de regresar a la normalidad, Alexei Chuyanov, presidente del Comité de Defensa de la ciudad, pensó en organizar un partido de fútbol. Apoyado por el NKVD y el teniente general Alexander Voronin, recurrieron a Vasily Ermasov, portero del Tratkor, el equipo que cuando hubo que detener la Liga soviética a causa de la invasión nazi era cuarto en la tabla. Con jugadores notables como el delantero Ponomarev, Protsenko, Liventsev o el mismo Ermasov había llegado a ser líder en un par de jornadas. Ermasov había formado parte de la defensa de la ciudad y en abril fue retirado del frente para retornar a la ciudad y organizar el partido. Con una trayectoria notable antes de la guerra como portero, Ermasov comenzó a recuperar la pista de sus compañeros de vestuario y del otro equipo de la ciudad, el Dynamo”, menciona al respecto Miguel Ángel Lara en una pieza para MARCA.

Aquel combinado compuesto por los mejores jugadores de la ciudad bañada por el Volga sería el encargado de enfrentarse al Spartak de Moscú, el conjunto con más seguidores del país en aquel momento, en el denominado como “partido de la guerra”. 

No muchos recuerdan el resultado de aquel encuentro, que se resolvió con un solitario gol de Alexander Moiseyev para el combinado local —en aquel partido bajo los colores del Dinamo Stalingrado—. Los actos extradeportivos y el significado que había alcanzado el duelo en Stalingrado hicieron que la victoria quedase en un segundo plano.

“Los organizadores idearon una presentación del partido espectacular: los jugadores moscovitas llegaron a la ciudad heroica a bordo de un avión especial escoltado por dos cazas, y el balón fue lanzado desde el cielo por uno de los cazas. Sin embargo, surgió un pequeño contratiempo no del todo impredecible: el esférico, al ser lanzado desde tan alto, botó más allá de la tribuna y desapareció”, relata Mario Alessandro Curletto en su obra ‘Fútbol y poder en la URSS de Stalin’.

Traktor y la fábrica Dzerzhinski

Casi de manera simultánea en el tiempo, nacían en Stalingrado la planta de tractores y vehículos pesados y el Traktorostroitel Stalingrad, uno de los clubes que, al igual que la ciudad, más han visto cambiar su nombre con el paso de los años.

El Traktor —como se conoce comúnmente al club incluso hasta nuestros días— nacía en el año 1929 como un elemento de socialización y representación para los trabajadores de la fábrica Dzerzhinski, nombre que recibía la planta en honor a Felix Dzerzhinski, miembro del Partido Bolchevique fallecido en 1926 y fundador de la policía secreta soviética.

Salvo el mencionado Spartak de Moscú, que precisamente era el club con más seguidores del país, el resto de grandes conjuntos no sólo estaban asociados al entramado político y empresarial del estado soviético, sino que eran propiedad de estas instituciones.

En tan sólo 8 años, y unido al crecimiento de una de las plantas de tractores más importantes de la URSS, el Traktor se había consolidado en la primera división del fútbol soviético. Con la remodelación de la Primera División del balompié en el país el Traktor se consolidó como uno de los equipos punteros de aquel vasto territorio. Y en eso llegó la guerra.

Con un Traktor liderando la tabla clasificatoria en el año 1941, la Operación Barbarroja y el ataque de la Alemania Nazi pilló a contrapié a las fuerzas bolcheviques. El régimen Estalinista era incapaz de frenar el avance del eje y a finales de agosto de 1942, los alemanes estaban en las puertas de Stalingrado.

El partido en las ruinas de Stalingrado fue un evento en toda la Unión Soviética | Fuente: RBTH
El partido en las ruinas de Stalingrado fue un evento en toda la Unión Soviética | Fuente: RBTH

Fue allí donde los miembros de Traktor, tanto los jugadores como los empleados de la fábrica, jugaron un papel decisivo en el devenir del conflicto. En aquella planta al norte de la ciudad del Volga más de 35.000 trabajadores operaban de manera ininterrumpida en la fábrica, objeto de los ataques alemanes, y de la cual los soldados nazis pretendían tomar el control.

Así, mano a mano, aficionados y futbolistas dejaron los tractores a un lado para construir los tanques que defenderían la ciudad ante las ofensivas por tierra y aire del Reich. De hecho, tal fue la importancia de la fábrica en el devenir del conflicto que, tal y como declaran diversos historiadores rusos, de haber caído el Traktor, la guerra se hubiese decantado casi definitivamente del lado del Eje.

La resurrección del Rotor Volgogrado

La caída de la URSS en el año 1991 disolvió por completo la Liga de fútbol de la Unión Soviética. Las diferentes repúblicas crearon sus propias competiciones locales y, el que hasta entonces había sido el principal estado socialista a nivel mundial, veía como las instituciones y el entramado de poder soviético iban cayendo como alfiles sobre el tablero.

Todas las organizaciones del régimen vieron cómo los símbolos que habían imperado en el este de Europa durante el Siglo XX caían de un plumazo. O, mejor dicho, casi todas. Los clubes de fútbol fueron un rara avis que aguantaron bajo el poder obrero, o al menos así era sobre la práctica. El CSKA seguía siendo el club del ejército rojo, el Lokomotiv el conjunto representativo —y propiedad— de la empresa rusa de ferrocarriles y el Rotor Volgogrado, pese a su cambio de denominación, seguía tratando de honrar el nombre de la fábrica de tractores que dio vida al equipo.

Lo cierto es que, si en un primer momento, la llegada de la Liga Premier rusa afectó de manera positiva al conjunto de Volgogrado —antigua Stalingrado y renombrada en 1961 en pleno periodo de desestalinización—, quien durante varias campañas a comienzos de los 90 peleó por el título liguero y encadenó varias participaciones en Copa de la UEFA, en el año 2004 llegaría el fin de su época dorada.

El Rotor Volgogrado caía hasta las profundidades del fútbol amateur a comienzos de los años 2010, y desde la cuarta división del fútbol ruso era difícil observar algún atisbo de esperanza para el futuro del club. Y en eso llegó el Mundial. La candidatura de Rusia para organizar la Copa del Mundo de Fútbol en el año 2018 resultó ser la triunfadora, y entre las sedes que albergarían partidos se encontraba Volgogrado.

Con el Mundial en el horizonte, el Rotor tenía un balón de oxígeno no pensando en su vuelta a la máxima categoría del fútbol nacional, sino en la supervivencia como club. En 2015 superó el primer escollo retornando a la tercera categoría, para dos años más tarde, en 2017, lograr el ascenso a la Primera División de Rusia, el segundo escalón en el sistema de divisiones del país.

Estando en esta categoría, llegó la celebración del Mundial. Con el Rotor en segunda, y apenas 3.000 espectadores de media en sus encuentros, Volgogrado inauguraba el Volgogrado Arena, recinto con capacidad para más de 45.000 espectadores y que sería sede de hasta 4 encuentros de la Primera Fase de la Copa del Mundo.

16 años después, y con aquel recinto como guía, el Rotor Volgogrado regresaba este mismo verano a la máxima categoría del fútbol nacional. Con el Traktor y los trabajadores de la fábrica que había dado nombre al club presentes, y la batalla de Stalingrado en la memoria, el Rotor ha recuperado su masa social siendo el segundo club con más espectadores de media en la Premier rusa. Una vez más, apelando al espíritu de resistencia.

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